
Capítulo 1: Soñar, tal vez pensar.
En mi tierna infancia dividía el tiempo entre la contemplación y la ensoñación a partes iguales. Sentado en el escalón de mi casa miraba y fantaseaba por turnos pares. No sabía hasta qué punto aquel niño con pantalones cortos era una extensión del terreno que lo había abonado, ese que ha contemplado, sentado desde la costa, distintas invasiones y asentamientos mientras se dejaba seducir por el sempiterno horizonte sin bruma. Alguien llegó, pasó a nuestro lado, nos dejó la nariz gordezuela y los apellidos mezclados, luego otros echaron tierra encima hasta hacer olvidar cualquier vestigio de cultura anterior. Puede pasear sin temor a que un fenicio lo atraque en cualquier esquina.
Hace poco, sin duda alentados por tan prometedor pasado, llegaron otros y también nos invadieron. Nos echaron de la costa y de la marisma. Pusieron unas chimeneas que criaban humo en lugar de dátiles y empezaron a mear por delante y a cagar por detrás. Alguna vez se irán. No los echaremos. No echamos a nadie. Se irán cuando tengan que irse, sin más.
La historia, nuestra historia individual y colectiva. Yo miraba y soñaba, mientras Huelva, distante y gris, era invadida y la anguila se escurría entre mis dedos en la Punta del Sebo (una playita que teníamos en la ciudad antes de que la última invasión la convirtiera en vomitorio oficial y subvencionado).
Capítulo 2: Obediencia ciega
Un día, Alberto (Einstein) decidió comprarse un fondo de armario con trajes idénticos y de esa forma ahorrarse la pérdida de tiempo que supone la autocontemplación, la duda y la coquetería. Podríamos decir que fue un pre-maoísta.
En algún momento, de forma inconsciente, comencé a aplicar la útil estrategia de la obediencia ciega. Ahorra mucho tiempo. Si estoy en unos grandes almacenes y un monitor de televisión me dice que tengo que comprar un pela-ajos milagroso, lo compro y voy saltando de alegría hasta estampar el útil en el cajón olvidatodo de mi casa. Con el tiempo, el cajón se convertirá en la habitación olvidatodo y de seguir así, no es improbable que acabe durmiendo en la caseta del perro, guardando a mi casa milagrosa.
Obedecer ciegamente tiene muchos beneficios, como puede ver.
Capítulo 3: La queja como pegamento emocional
Mi repertorio de quejas siempre ha estado más relacionado con lo colectivo que con lo individual. Probablemente porque mi objetivo no era tanto ser aceptado por el otro (sujeto abstracto), como por la comuna, o porque para jugar al mus hacen falta más de dos.
Si usted está atascado por la historia previa, por las invasiones bárbaras o por la queja sistemática como pegamento emocional (mientras me queje, alguien tendrá la obligación de oírme, de estar), ¿quién soy yo, siervo de todas las irrupciones físicas y mentales en mi trémulo córtex pre-frontal, para pedirle que deje de sufrir y actúe?
En mi tierna infancia dividía el tiempo entre la contemplación y la ensoñación a partes iguales. Sentado en el escalón de mi casa miraba y fantaseaba por turnos pares. No sabía hasta qué punto aquel niño con pantalones cortos era una extensión del terreno que lo había abonado, ese que ha contemplado, sentado desde la costa, distintas invasiones y asentamientos mientras se dejaba seducir por el sempiterno horizonte sin bruma. Alguien llegó, pasó a nuestro lado, nos dejó la nariz gordezuela y los apellidos mezclados, luego otros echaron tierra encima hasta hacer olvidar cualquier vestigio de cultura anterior. Puede pasear sin temor a que un fenicio lo atraque en cualquier esquina.
Hace poco, sin duda alentados por tan prometedor pasado, llegaron otros y también nos invadieron. Nos echaron de la costa y de la marisma. Pusieron unas chimeneas que criaban humo en lugar de dátiles y empezaron a mear por delante y a cagar por detrás. Alguna vez se irán. No los echaremos. No echamos a nadie. Se irán cuando tengan que irse, sin más.
La historia, nuestra historia individual y colectiva. Yo miraba y soñaba, mientras Huelva, distante y gris, era invadida y la anguila se escurría entre mis dedos en la Punta del Sebo (una playita que teníamos en la ciudad antes de que la última invasión la convirtiera en vomitorio oficial y subvencionado).
Capítulo 2: Obediencia ciega
Un día, Alberto (Einstein) decidió comprarse un fondo de armario con trajes idénticos y de esa forma ahorrarse la pérdida de tiempo que supone la autocontemplación, la duda y la coquetería. Podríamos decir que fue un pre-maoísta.
En algún momento, de forma inconsciente, comencé a aplicar la útil estrategia de la obediencia ciega. Ahorra mucho tiempo. Si estoy en unos grandes almacenes y un monitor de televisión me dice que tengo que comprar un pela-ajos milagroso, lo compro y voy saltando de alegría hasta estampar el útil en el cajón olvidatodo de mi casa. Con el tiempo, el cajón se convertirá en la habitación olvidatodo y de seguir así, no es improbable que acabe durmiendo en la caseta del perro, guardando a mi casa milagrosa.
Obedecer ciegamente tiene muchos beneficios, como puede ver.
Capítulo 3: La queja como pegamento emocional
Mi repertorio de quejas siempre ha estado más relacionado con lo colectivo que con lo individual. Probablemente porque mi objetivo no era tanto ser aceptado por el otro (sujeto abstracto), como por la comuna, o porque para jugar al mus hacen falta más de dos.
Si usted está atascado por la historia previa, por las invasiones bárbaras o por la queja sistemática como pegamento emocional (mientras me queje, alguien tendrá la obligación de oírme, de estar), ¿quién soy yo, siervo de todas las irrupciones físicas y mentales en mi trémulo córtex pre-frontal, para pedirle que deje de sufrir y actúe?


