miércoles, 22 de diciembre de 2010

Pensamientos obsesivos




Los pensamientos fluyen en nuestra cabeza. Entran y salen por una puerta giratoria. Se asoman al hall del hotel y casi nunca consiguen atraer la atención del recepcionista. La CPU que corona nuestros hombros es potente, pero no tanto como para dejar un hueco a cada uno de esos anónimos solicitantes de hospedaje. Si quieren quedarse han de venir de la mano de alguna emoción, ellos, por sí solos, no son más que pensamientos vulgares.

Si alguien llega a una oficina de la administración pública gritando, tenga a buen seguro que el resto de usuarios desaparecerán del escenario de la atención. Imagine que usted es un empleado de esa oficina que cumple diligentemente con su tarea, pero escucha gritar a una persona, ahí, en medio de la cola:

- ¡¡Cómo no me atiendan YA, me cargo a todo el que coja!!.

Usted me llama al móvil y me dice:

-Quiero que desaparezca ese señor, no puedo concentrarme en otra cosa, porque… ¿y si le da por matarme a mí?.

Es lógico asustarse.

Cuando a su hotel sin reserva de derecho de admisión llegan pensamientos de este tipo, tan vehementes y amenazantes, probablemente no pueda apartar su vista de él. Le ofrecerá, primero por las buenas, una habitación alejada para que no de la lata, pero no, el muy… quiere la principal y que no paren de traerle cosas. Todo el servicio, que antes se ocupaba de tareas diversas, está ahora pendiente de sus peticiones. Le angustia tanto lo que siente que decide quedarse en su casita, tentado, una y otra vez, de pulsar el botón rojo de urgencias, y que aparezca Mr Megaserotoninen, por ejemplo. Cuanto más intenta controlar al intruso, más se acercan sus temblorosos dedos al botón rojo.

Va por la calle y ve un Ford fiesta rojo pasión. En su mente aparece: “Ford fiesta rojo”, pero se diluye bajo el peso de, “caca de perro a estribor”. Sin embargo, cuando su pareja, la del Ford fiesta rojo pasión, le dijo: “Ahí te quedas, guapo”, todos los coches se han vuelto rojos, Ford o pasión, incluso las cacas de perro tienen cierto tono rojizo” La abstracción selectiva llega a ser agobiante y al final, entre la alternativa del botón rojo y la de la consulta de Walden, acaba en la segunda.

- Sé que no puedo conseguir que desaparezcan todos los Ford rojos de la ciudad (es un ser racional, después de todo), pero sí de mi cabeza, ¿dígame cómo?
Yo gasto poco tiempo intentando expulsar del paraíso a los ford. Ya de esos infructuosos intentos se han encargado ellos y sus familiares. No tendría más éxito que mis antecesores en el intento. Mi tarea consiste en convencer de que hay que cambiar el foco de atención hacia el acompañante: no es el recuerdo de la cara de su pareja diciéndole: "Se acabó lo nuestro", sino lo que siente al recordarlo, lo que atornilla la angustia y le da visos de invencibilidad.
- Vale, vale, pero... ¿cómo puedo quitarme estos pensamientos de mi cabeza?

jueves, 2 de diciembre de 2010

TODO LO INTENSO ES DEFINITIVO





- Me acaban de llamar de casa, mi capitán. Mi padre está bastante mal.
- Cuánto lo siento hijo, ahora mismo te firmo un permiso, pero a esta hora, ¿hay algún tren o autobús para tu tierra?
- No se preocupe, tengo quién me lleve.

Diez minutos antes de contarle aquella mentira al bondadoso capitán de ingenieros con el que trabajaba de 9 a 14, iba corriendo por el pasillo hacia su despacho con el corazón dando tumbos entre mis temblorosas manos. Y mirando un poco más atrás, sentado en la sala de estar, con el pijama ya puesto, hablaba por teléfono con ella, a 500 km de distancia. Conforme la escuchaba el corazón se me iba desplazando hacia un lugar más habitable. Colgué, pegué un salto y me puse el uniforme de “bonito” de soldado raso, en plan Supermán en esa cabina de teléfono que siempre tiene tan a mano, e inmediatamente después volaba por el pasillo ideando una excusa completamente irrefutable.

La certeza de que si no la veía inmediatamente, esa misma noche, no llegaría vivo al día siguiente, era tan aplastante que los obstáculos se caían antes de aparecer. Los kilómetros, la falta de trenes y autobuses, de coches o de alguien dispuesto a dejármelo, la noche en ciernes, el posible asesino de autoestopistas abandonados en las cunetas, los aullidos del campo que me metían la cabeza entre las sábanas en mi infancia,… nada, ni siquiera mi preclaro compañero de litera, con su razonamiento epicúreo fueron capaces de detenerme.

- No podré vivir si él - me dice la paciente, como me han dicho tantos y tantas otras antes en esa misma silla. “No podré soportarlo”.

Cada vez que llega un paciente a punto de ahogarse en su negro futuro anticipado, me devuelve a aquel chico exánime con el dedo extendido por las carreteras de Despeñaperros. Entiendo lo que siente y comprendo que si lo que nota en su interior es tan intenso es porque es infalible, cierto y definitivo. Luego me toca matizar: Le aseguro que usted podrá seguir viviendo sin él, que un día incluso, es posible, que se alegre o que, simplemente, lo vea todo lejano y absurdo. Ahora bien, le va a resultar mucho más difícil permanecer mucho rato manteniendo esa intensidad (bueno, también esperaba eso los otros días, viendo al Barcelona) emocional. ¿Qué le parece si antes de tirarse a la carretera en su búsqueda le enseño a tranquilizarse un poco?

Una pena que aquel capitán, - capitán, oh, mi capitán- se dejara seducir por el dolor imaginado en el triste muchacho que lo abordaba cuando estaba antes de marcharse a casa. Cualquier sargento al uso me habría puesto a hacer flexiones delante de él. Qué revelador habría sido.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Una niña como las demás




Cuando llegaron a la playa, lo primero que hizo Marta fue dirigirse hacia un señor que estaba sentado encima de una torre de madera muy alta:

- ¡¡Señor, señor...!!

- Sí, dime, guapa.

- ¿Por que se sienta usted ahí arriba?

- Para vigilar la playa, respondió sonriendo.

- ¿Por si alguien quiere quitar el tapón y vaciarla?.

- Nooo, las playas no tienen tapones; tienen mareas.

- ¿Y qué hacen las mareas?.

- Las mareas van y vienen - respondió de nuevo con paciencia desde lo alto de su alta torre.

- ¿Y por dónde se van?

- Se alejan; después vuelven otra vez.

- ¿Y hay que pagar para montarse en la marea y que te lleve?

- No, es gratis - dijo el señor echándose para atrás con intención de ocultarse.


"Creo que mi hija tiene demasiadas fantasías en la cabeza", me comenta preocupada la madre de Marta en la consulta. Le pido que haga más explícita su demanda, porque no tengo claro si quiere saber si es o no normal tener ese tipo de fantasías o bien si lo que pretende es que le de un toque de realidad a su hija para equilibrarla un poco. "Quiero que sea como las demás niñas"


- ¡¡Señor, señooor!! ¿Y me traerá de vuelta antes de la hora de la tarea?