El próximo viernes día 15, el grupo al que pertenezco, Psicología y Crisis, imparte una charla en una Asociación de Vecinos sobre crisis, desempleo y salud mental.
Una de las consecuencias de la crisis es el progresivo aumento de la exclusión social, que va acaparando a capas sociales que antes quedaban al
margen. El desempleo prolongado más
la percepción de falta de control sobre los acontecimientos y la desesperanza
ante el futuro, está abocando a muchas personas no ya a dificultades diarias de
supervivencia, sino también al nacimiento de una epidemia de trastornos
mentales que acaban cada vez más frecuentemente, como en países de nuestro
entorno, en suicidios o en conductas de huida, como adicciones de diversa
índole. Ante esta situación, la respuesta es básicamente, un incremento de la medicalización, hasta el punto de que en la UE el gasto farmacéutico se está disparando en los últimos años, especialmente en los relacionados con la ansiedad y la depresión.
No podemos permanecer impasibles, no sólo como sujetos individuales, sino como colectivo conocedor de los mecanismos que subyacen a estos procesos y de los recursos que es preciso implementar para modular dichos efectos.
Estructurar redes de apoyo social es un elemento que ha demostrado ser clave en tal sentido. Contar con apoyo emocional
para ventilar las emociones, recursos asistenciales, establecer vínculos cooperativos sobre las necesidades detectadas, aprender y divulgar estrategias para paliar los efectos del estrés, difundir actividades de ocio activo,.. Son muchas las tareas y las posibilidades. En su conjunto conducen a lo que llamamos empoderamiento, capacitación como colectivo para hacer frente a las dificultades desde óptica.
Somos un grupo entusiasta que creemos firmemente en lo que hacemos, que intentamos predicar con el ejemplo y no limitarnos a actuar como supuestos "expertos" que exponen asépticamente los conocimientos derivados de la investigación. Estamos en todas las batallas que podemos, queremos transmitir esa ilusión por cambiar las cosas, por hacer posible lo que se presenta como inviable, por desenmascarar los discursos que nos arrojan a la desesperanza. Esperemos poder transmitirlo.
Hoy es un día clave. No sólo para comprobar si se admite o no a trámite la Iniciativo Legislativa Popular (ILP), con cerca de millón y medio de firmas recogidas, que intenta detener los desahucios. Mañana, pase lo que pase deberá seguir la lucha. Pero hoy es un día para comprobar dónde ponen algunos diputados y diputadas el límite de su dignidad como seres humanos.
Buena parte de la dirección del PP abanderó una campaña por el derecho a la objeción de los médicos ante el aborto. ¿Acaso no son estos desahucios unos crímenes de lesa humanidad? ¿Basta con las lágrimas de Soraya Sáenz hablando de las familias que se quedan -cerca de dos millones- sin ningún ingreso y son además despojadas del techo que habitan?
Es la hora de pronunciarse. Muchos de los militantes del PP han firmado la ILP. Es difícil no hacerlo. Tienes que tener un corazón de piedra. Pensar, como escuché los otros días al director de La Razón, que él tenía vivienda porque había "estudiado", o pensar que los desahuciados se lo merecen por vagos o imprudentes,.. Tienes que creerte que eso supondrá la ruina de la banca, mientras que te despreocupa que el rescate de la misma suponga la ruina de buena parte de los nuestros. Tienes, probablemente, que estar en otro mundo, ser ajeno al dolor que te rodea, a lo que la mayoría (el 90%) demanda desde el salón de su casa o desde la plaza de cada ciudad. Y entonces, señor Diputado, señora Diputada, usted ya ha perdido cualquier legitimidad para representarnos.
Hoy es el día de saber si vivimos o no en una democracia. Si un millón y medio de firmas no es capaz de hacer atravesar la barrera que supone permitir un debate abierto, entonces esto es otra cosa, el capitalismo sin disfraz y sus lacayos sin sentimientos, pero no, no nuestros representantes.
El sábado continuará la lucha. Me gustaría que estuviéramos todos, que hiciéramos un hueco en nuestras agendas para compartir. Ese, como tantos, nos tocará a nosotros.
Hace un par de días
leí la reflexión de una activista griega sobre la lucha en su país.
Se sentía desmoralizada, después de batallar día tras día, de 8
huelgas generales desde 2008. Finalmente se marchó a Londres a buscar empleo,
porque en Grecia ya no había trabajo “ni de camarera”.
Ella sugiere actuar de una forma completamente diferente, por ejemplo:
“…ni luchar, ni
confrontar, sino desertar; ni reivindicar, ni pedir, desplegar aquí
y ahora el mundo en el que queremos vivir; ni actuar, ni
movilizarnos, sino entregarnos a cierto abandono. Hacer fuerza de
nuestra debilidad.”
Si les soy sincero
no acierto a ver la fuerza de esta iniciativa, pero sí me gusta la
idea de ser capaz de planteársela. En un primer instante, sin embargo, lo primero que pensé mientras la leía fue en la desesperación de tantas personas que se enfrentan diariamente a esta sinrazón que nos invade sin que obtengan los resultados esperados. Me imagino a esos millones de Sísifos griegos recobrando las fuerzas cada noche para volver a la batalla al día siguiente, probablemente con el mismo penoso resultado. Ya hay una legión de imprescindibles brechtianos, ahora necesitamos comenzar a ganar.
Aunque no llega todavía al mismo nivel de enfrentamiento campal que en Grecia, en nuestro país ya quedan pocos colectivos por movilizar, pocos conjuntos de población que no hayan secundado, protestado, maldecido, etc., contra los recortes y las estafas del día a día y las que vamos descubriendo de días y años atrás.
Algunas de las imágenes que cuelgo eran impensables hace muy poco. A los que vemos en las portadas de los periódicos es a los jóvenes descamisados, con el rostro tapado, incendiando lo que encuentran (da igual que la foto sea de hace 10 años o de otro país: la estigmatización no necesita a la realidad como vehículo). Pero no, estas personas obstinadas en luchar día tras día, relevándose para mantener la ocupación, no son noticia de portada.
La cuestión entonces es por qué seguimos perdiendo si hay tantas personas hartas de seguir pagando lo que deben los bancos con el dinero público y que expulsen de su hogar cada día a más de 200 familias, arrojadas a la calle y a la miseria, de que hagan ostentación de su riqueza mientras nos recortan los sueldos miserables o nos lanzan directamente al desempleo indefinido, que obliguen a lo mejor de nuestra juventud a emigrar como emigraron ya sus visabuelos,.. ¿por qué, siguiendo lo planteado por la chica griega, no se ha conseguido aún darle la vuelta a esto?
Guía práctica para perder batallas
¿Por qué perdemos? Estas son algunas respuestas posibles:
Estamos en el mismo bando. Tienen el
control absoluto de los medios de comunicación. Se nota especialmente en los elementos claves. En lo demás pueden aparentar controversia, pero tienen claro dónde tienen que poner la barrera. A la hora de la verdad, piña común.
Nosotros o el terror.Cualquier miedo
o propuesta difundida desde el establishment repercute
profundamente sobre una población ya acongojada: “nosotros o el
terror”, no me diga que no elegiría usted a nosotros.
Cuando les digo a mis pacientes, ¿prefieres eliminar tu angustia con esta
técnica o con esta otra?, no ofrezco como opción la respuesta:
“Con ninguna, prefiero seguir así”.
Atacar es ganar. Mantienen a la
defensiva a los colectivos afectados. Basta con atacarlos. Todo el
que se defiende es susceptible de aceptar peores condiciones que las
inicialmente existentes. Es psicología del comportamiento básica.
¿Jugamos a las batallitas? Conseguir que determinadas organizaciones sindicales simulen
algaradas esporádicas y comedidas ayudará a hacer cundir el
desaliento. Una huelga general que no esté inscrita en una
estrategia más general y con unas propuestas alternativas que
puedan ser abrazadas por otras organizaciones, está abocada al
fracaso más allá del número de asistentes que la secunden. Una huelga
general es a la política lo que el órdago al mus; te la juegas. No
puedes lanzarla si no estás seguro de que la vas a rentabilizar.
No son lo
suficientemente de izquierdas. El sectarismo es imprescindible para
que fracase cualquier movimiento. Ser tan corto de miras, tan
inconsciente de las necesidades concretas del momento, ha sido
siempre una barrera para el avance de la izquierda. Entre los que
quieren una revolución ya y los que simplemente quieren recuperar
el poder adquisitivo perdido y volver a soñar con comprarse un piso
mayor, hay un abismo sin duda. ¿Cuál cree usted que es la
proporción entre soñadores de “Todo pasará, como siempre, y al
final podré comprarme el A4” y los soñadores de “Por fin todo
el mundo se dará cuenta de la verdadera cara del capitalismo y
haremos la revolución”? Pues eso.
Los intocables. Mantener al
capitalismo en el búnker. Igual que al Rey, al capitalismo, como
concepto, como sistema e incluso como simple nombre pronunciable, se
le ha mantenido durante años en un limbo inexpugnable fruto de la
represión y de la auto-represión. Hasta tal punto es así, que tanto uno como otro, monarquía y capitalismo, comienzan a lucir sin sonrojos sus verdaderos miserables rostros, y entonces casi podrías aventurarte a gritar: "Vaya mierda de capitalismo" o en su defecto o al mismo tiempo, "Vaya mierda de monarquía", pero lo que te sale en realidad es: "Vaya mierda de monarca" o bien, "Vaya mierda de políticos", y entonces habrá pocos que no estén dispuestos a pactar una reconstrucción para que todo siga igual.
No puedo parar. Otra cuestión
es la incontinencia misma del capitalismo, sintiéndose libre de
oposición, de alternativa. El capitalismo no puede parar de
devorar, es su esencia, detenerse es perder su identidad.
Una pareja
está haciendo el amor en la vía del tren. De pronto, ella ve un
resplandor a lo lejos y lo avisa desesperada a él:
¡¡Pepe,
Pepe, que viene el tren!!
Pues que pare
el que pueda – contesta él sin inmutarse.
Créame, Pepe es
el capitalismo: ¡No puede parar!
Los pobres eran otros. Luego tenemos el papel de los pobres, especialmente los recién llegados, los que
aún no han adquirido conciencia de serlo y los que están a un
cuarto de medida del gobierno de pasar a engrosar su ejército. El sistema teje para ellos una guerra no siempre incruenta: la guerra de los
pobres. La guerra de los pobres asegura el sustento de los ricos. El
caldo ideológico del que se nutren es el discurso hegemónico, el más
fácil de digerir, el que da sentido al sufrimiento y sitúa la
causa en la otra esquina, en la casa de los pobres de enfrente.
Los culpables
son los empleados públicos (hay muchos), los inmigrantes (nos
quitan el trabajo), los viejos (se llevan todos los recursos), las
mujeres (tendrían que quedarse en casa, como toda la vida), los
políticos (son unos corruptos),..
Estas
guerras dispersan la atención y las fuerzas. Cada vez que hablas de
política tienes que realizar un sobreesfuerzo para intentar paliar
esto, pero da igual que des datos o argumentos, entre la razón y la
emoción hay tanta brecha como entre los ricos y los pobres, o como
dice Anguita, matizando el eslogan del 15M, “entre los de abajo y
lo de
arriba”. Entonces ves con tristeza que hace falta muy poco ejército enfrente, con ese virus en el cuerpo es cuestión de tiempo que nos diezmemos entre nosotros mismos.
La desesperación silenciosa. Más antiguo aún que el concepto de mayoría silenciosa es el que planteaba Thoreau, la desesperación silenciosa, para referirse a esas personas rendidas a la impotencia, que intentan alejar sus vidas de los conflictos a pesar de no ser ajenos a ellos.
A muchos de ellos, un día también llamarán en su puerta, a lo mejor ya es tarde, como en el famoso poema (1), pero entonces no será sólo tarde para ellos, sino para todos nosotros.
¿Y cuál es la alternativa? Por último,
la falta de referente alternativo tiene también un peso importante porque cada colectivo marca objetivos que, aún con nexos de unión con otros, son incapaces de confluir en un proyecto unitario. Pero la evidencia -¿o necesitamos más? ¿o no aprendemos de griegos y portugueses?- es que así nos desgastaremos, ninguna organización individualmente puede oponerse de forma
consistente y eficaz en tal tesitura. Hay que saber medir las fuerzas. Nos asiste la razón y la justicia, pero no parece que sea suficiente. Es necesario una acción
conjunta y para ello hay que utilizar las opciones que nos da este
sistema que tan pocos resquicios deja. No podemos dejar pasar
más tiempo sin aglutinar y constituir un referente conjunto, con un
programa que abandere la ilusión por otro tipo de vida y de
sociedad que acabe con tanta injusticia. Hace un par de años pensé
que la propia acción llevaría, como ha sido finalmente en Túnez,
a la constitución de un frente en el que se inscriban las
organizaciones que tienen un único y legítimo fin, más allá de
las diferencias. Habrá que gritarlo más alto. Todo lo anterior podría ser modulado por el efecto esperanzador de un referente común. En ello estamos.
Vuelvo al principio, a la propuesta de la activista griega, aún sin estar de acuerdo en lo que plantea, sí estoy convencido de que el cambio implica acabar con lo viejo, y lo viejo está aún en nuestras mentes como lo único.
(1) Cuando los nazis vinieron por los comunistas
Martin Niemöller
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar.