
José me trajo ayer un poema. Yo prometí cambiárselo por otro. Pensé en unos versos de Rimbaud, pero luego he madurado la idea y he caído en la cuenta de que serían más adecuados estos otros de Baudelaire:
"...Il n'est pas d'objet plus profond, plus mystérieux, plus fécond, plus ténébreux, plus éblouissant qu'une fenêtre éclairée d'une chandelle. Ce qu'on peut voir au soleil est toujours moins intéressant que ce qui se passe derrière une vitre. Dans ce trou noir ou lumineux vit la
vit, rêve la vie, souffre la vie.Par delà des vagues de toits, j'aperçois une femme mûre, ridée déjà, pauvre, toujours penchée sur quelque chose, et qui ne sort jamais..."
(...No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una candela. Lo que se puede ver a la luz del sol es siempre menos interesante que lo que pasa detrás de un cristal. En ese agujero oscuro o luminoso vive la vida, sufre la vida. Más allá de la oleada de tejados, entreveo a una mujer madura, ya con arrugas, pobre, siempre inclinada sobre algo, y que nunca sale a la calle...)
Baudelaire era un currante de la poesía, un trabajador urbano, que rompió definitivamente con la losa estética de Víctor Hugo. Su labor estaba destinada a la ruptura.
José es un trabajador infatigable. Pero su objetivo no es la ruptura, más bien al contrario, realiza una labor de mantenimiento. Cualquier cambio es susceptible de crearle un problema. De forma que lo analiza todo al detalle.
Hablo con él y me pasa como tantas veces, veo a esa otra persona encerrada dentro e imagino cuántos otros habrán intentado asir la mano profunda para rescatarla de ese ensimismamiento.
Cuando miramos a nuestro alrededor podemos ver posibilidades o peligros. Son unas gafas que nos compran nuestros padres de pequeñitos, en la feria del pueblo. Nos gustan tanto porque nos ayudan a ver el mundo con colores definidos. No importa que los colores sean totalmente diferentes a los reales. Con el paso del tiempo son tan nuestras que casi parece que es la única forma de mirar.
Sus razonamientos son aristotélicamente perfectos, como hemos visto otras veces. Si los demás son peligrosos, si el mundo es una jungla de depredadores, es mejor estar atentos. Si te hablan bien es en realidad una trampa que oculta la verdadera malvada intención. Tienes que aprender a defenderte.
José ha conseguido imitar aquello que cree que es el comportamiento ajeno. Puede criticar, indagar en la vida y obra del otro, puede estar al tanto de cuanto sucede a su alrededor y estar completamente centrado en sí al mismo tiempo. En ese agujero oscuro o luminoso vive la vida, sufre la vida.
Esa visión te da un tarjeta-oro de inseguridad, puedes disponer de todo el fondo que quieras. Tus días estarán medidos siempre por la falta de tiempo para hacer las cosas lo sufientemente perfectas como para no equivocarte. Pero nunca es suficiente. Para los demás quedan minucias. Me gustaría encontrármelo un día, en una terraza, sentado sin hacer nada, simplemente tomando el sol sin gafas, dejando pasar las horas.
Le he dicho a José que pruebe a cruzar el río. Pero él se siente cómodo en esta orilla. Como en aquel poema de Longfellow. Aún tiene reparos para aceptar la oferta y dejar los juguetes conocidos atrás.
"Abre la puerta niña, que el día va a comenzar", eso cantaba Triana aquellos años en los que nosotros no teníamos ventanas y nos tumbábamos desparramados para que la música nos bañara sin reparos. Por aquel entonces yo lucía melena -aunque mis hijas no se lo crean- porque me gustaba y porque era imprescindible para hacer los punteos con la guitarra simbólica en la pista de baile. "... para ver qué motivo es el que nos impide ver dentro de ti, dentro de mí..."


