La segunda entrada en este blog hacía referencia a
las metáforas como herramientas terapéuticas. Al igual que ocurre con la
hipnosis, ni una ni otras podrían considerarse técnicas en sí mismas, más bien
son vehículos que facilitan que lo que queremos conseguir llegue o fluya
con más eficacia.
Desde esa perspectiva, su uso está determinado por
el conocimiento del principio activo que se quiera aplicar mediante ese
instrumento y, por otra parte, de la habilidad para transformarlo en algo
cercano al paciente.
Los adolescentes están tan acostumbrados a los
sermones que el mero hecho de ponerse delante de un adulto a hablar sobre el
mismo tema de siempre (les estudios, por ejemplo) hace que se conviertan en
sujetos-teflón, o sea, que les resbala bastante.
Contaré un caso a partir del cual incorporé patatas crudas en mi arsenal.
Hace un año aproximadamente, llegó a la consulta un
chico-teflón. La queja de los padres era que le iba muy mal en los estudios, pero él decía que estudiaba mucho. Conforme me contó cómo estudiaba y
observé el resultado de las pruebas que le pasé, comprendí que buena parte de
sus dificultades estribaban en la forma de estudiar, arrastrada desde primaria,
cuando con una simple lectura o escuchando las clases de su maestro le bastaba
para aprobar. A medida que los textos se fueron haciendo más complejos y
extensos sus resultados fueron empeorando, pero él seguía haciendo exactamente lo mismo con lo que un día tuvo éxito (una práctica muy habitual, por otra parte).
Ese día había faltado un paciente y yo había aprovechado para salir y acercarme a una tienda próxima a comprar unas cosas para la cena, entre las
cuales se encontraba una bolsa con patatas. Me levanté, fui al armario y
cogí una patata bien grande, con su tierrecita y algún tallito emergente, y se la planté delante.
- ¿Te comerías esta patata?
El chico me miró por primera vez con curiosidad y
no con la cara de “ya me va a soltar otra vez lo mismo”.
- No.
- ¿Por qué? – le pregunté.
- Porque está cruda.
Le expliqué que justamente eso era lo que hacía para estudiar: comer patatas crudas. Alguien escribía una patata-texto, pero si no hacía algo con
ello difícilmente iba a tragársela-aprenderlo. Una vez que convinimos la
obviedad del asunto, le pedí que me dijera qué podría hacer con la patata para
comérsela por fin.
- Meterla en el microondas.
Por la rapidez con que respondió imaginé que era el
electrodoméstico que mejor conocía de la cocina. No se esmeró en los preparativos como pelarla y lavarla, pero tampoco estábamos en una clase de cocina.
- Bien. Imagina que ya la hemos metido en el
microondas y está blandita y comestible. ¿Te la tragarías ahora?
- Sí,… bueno… entera no, la cortaría en trozos.
El resto de la sesión fue mucho más fácil. Le puse
un texto y le pedí que hiciera algo al respecto, cocinarlo un poco, entender no
lo que hay que hacer, sino que hay que
hacer algo, que es justo lo que no asumía este chico. No es que acabara la
terapia ahí, simplemente se desbloqueó, permitiendo que comenzara en ese punto.


