jueves, 26 de junio de 2008

METÁFORAS


Las metáforas son unos de los instrumentos terapéuticos más socorridos para los terapeutas. Cuando estás perdido en medio de la incertidumbre sobre el siguiente paso que has de dar, lanzar una metáfora siempre te saca del atolladero. Tú expones la historia y el paciente hace algo con ella, no necesariamente lo que tú quieres, pero eso tampoco es trascendente. Una buena metáfora puede servir para casi todo. Las dos siguientes comenzaron siendo simples anécdotas, pero en seguida vi su potencial y las ascendí a metáforas, insertándolas, consecuentemente, en mi arsenal terapéutico, sección narraciones.

La cajonera

Un día, tras entrar en la consulta y sentarme, observé atónito cómo la cajonera de la mesa se había hundido por su propio peso, arrastrando la tornillería barata que la sujetaba al lateral, hasta llegar al suelo. Como consecuencia de ello, la contrachapa trasera se había soltado. Es decir, estaba para repararse de nuevo o bien para cambiar de cajonera, mesa o ambas cosas. Hice dos respiraciones diafragmáticas intentando buscar una solución práctica y rápida, pero se cruzó su verdadero significado en medio de esa reflexión pragmática. Era como una señal. No sé quién puede enviar señales a un ateo, pero igual mi semblante jesuita y mi voz de monja de clausura confundieron al Personal encargado de estos asuntos.
El cajón se había soltado por el simple efecto de la física: dos insustanciales tirafondos luchando durante meses contra cientos de papeles, lápices, grabadoras, aparatos diversos,.. Cada día un poco más, poniendo a prueba su resistencia, hasta que cedió. No ante ese último lápiz o libro. Esperó a que me hubiera ido para que el efecto no se tradujera en susto sino en meditación. Aquí tenía un hecho, algo que Alguien me había puesto delante para avisarme: no sigas así, asumiendo peso tras peso, carga tras carga,… ¡Libérate!.
¡Qué esclarecedor! ¿Tendrán mis metáforas ese poder de seducción y cambio?
La primera consecuencia del derrumbe de la cajonera fue que dejé de ir de un sitio para otro cargado de libros castigando a mi escoliosis, la segunda es que reduje el número de días de consulta y la tercera –siempre hay tres, ¿no?- fue que, de pronto se había establecido un espacio vacío entre la cajonera desvencijada en el suelo y el techo de la mesa, y ese hueco era perfectamente aprovechable para seguir poniendo libros, artículos, hojas,…

El despertador

Una de estas noches calurosas, pongamos que anoche, en las que parece imposible conciliar el sueño, me incorporé hacia la mesilla para coger el despertador y comprobar la hora que era. El despertador no estaba. ¡Claro, cómo iba a dormir si no tenía despertador para despertarme! Probablemente uno de esos giros huyendo del calor habría acabado en manotazo. Encendí el mp3 para utilizarlo de linterna y comencé a buscar cerca de la mesilla, pero nada. Me levanté y me agaché para mirar debajo de la cama, hasta que lo localicé, allí, en un rinconcito, como asustado.
“ ¡Peter Pan!” – yo prefiero “Peter Pan” como advocación, en lugar de otro santoral más al uso. – ¡Qué sinsentido!. ¡qué Sísifo de la mecánica! Todo el rato esperando hasta llegar a esa cumbre sonora, el sentido de tu vida como aparato, y cuando lo consigues ¡zas!, vuelta a empezar, no te puedes dedicar a otra cosa, como reloj de salón o de pulsera, o juguete del gato. A lo máximo que puedes aspirar es a una crisis, esto es, a que alguien ayudado por una oleada de calor o un jefe insomne agite la arboladura hasta que te lance al vacío y te destripe arrastrando las pilas al mismo fin.
Esta historia de un minuto me ayudó a introducir una nueva taxonomía en el fortín de las clasificaciones diagnósticas: el paciente despertador. Llega a la consulta porque algo lo ha destripado, ha abierto una crisis, y ve en la crisis un problema en lugar del comienzo de una solución.
Con un despertador suizo no habría avanzado tanto en la comprensión de la naturaleza humana, gracias, nuevamente, al montaje chino por permitirnos acceder a lo profundo a través de la fragilidad.
A los pacientes “despertadores” les ilustro este principio básicamente a través de este corto: "15 días de agosto".

7 comentarios:

Celia dijo...

"como voy a dormir si no tengo despertador para despertarme" ahora entiendo mi obsesion con ver la hora para poder dormir ja ja ja

Me encanta la voz y la manera de relatar del niño del video.

Anónimo dijo...

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