miércoles, 31 de diciembre de 2014

2015: Es hora de que se vayan



Hace unos días, en  eldiario.es aparecía un artículo que comentaba lo siguiente: En mayo de 2011, alguien en la puerta del Sol colocó un cartel tipo que decía: "Silencio,  que vamos  a despertar a los Griegos". Y la gente se lanzó a las plazas", afirma Christine.  A partir del 25 de mayo de 2011, los griegos tomaron la plaza Syntagma de Atenas y cientos de plazas en todo el país. 100.000 personas rodearon el Parlamento, con un gran cartel en español: "Estamos despiertos. ¿Qué hora es? Es hora de que se vayan".







domingo, 15 de junio de 2014

La banalidad del mal



Adolf Eichman  era un teniente coronel de las SS, organizador de las deportaciones de judíos a los campos de concentración. Fue condenado a muerte en Israel tras un juicio televisado en directo. Lo más llamativo de este individuo era precisamente que no había nada llamativo: se trataba de un hombre vulgar, contrariamente a lo que podría esperarse, un monstruo inhumano, Eichaman podía haber pasado, por su apariencia, por ser cualquiera de nosotros. Hanna Arendt decía que era, precisamente esa vulgaridad, la que lo convertía en alguien terrorífico..

En el juicio adujo que se limitaba a cumplir órdenes. Esa fue su principal línea de defensa. Arendt, que estuvo presente en la sala, utilizó la expresión "la banalidad del mal" para referirse a  cómo  un simple funcionario, una persona cualquiera, podía convertirse en un burócrata ajeno a las consecuencias de sus actos, más pendiente de su quehacer diario, de los detalles de su proceso cotidiano, que de las implicaciones que tenía su tarea.

Me he preguntado muchas veces cómo es posible que las personas que toman medidas tan duras que hacen que miles, millones de personas incluso, sufran un cambio radical y terrible en sus vidas, que se queden sin vivienda, que no puedan dar de comer a sus hijos, que pierdan el empleo y las esperanzas de volver a encontrarlo, que tengan que mendigar o buscar en la basura,..., cómo es posible, repito, que aduzcan, de alguna manera, lo mismo que Eichman: cumplo órdenes; no se puede hacer otra cosa.

Arendt estaba equivocada. No existe ese eximente, no existe esa banalidad que permite ser espectador, mero funcionario de otras instancias superiores, sin conciencia de las repercusiones. No existe esa enajenación si no es por la mera voluntad personal de que exista, si no es  por elegir mirar para otro lado, aún a sabiendas de lo que ocurre allí dónde sus ojos dejaron de mirar.

 Algún día, algún jurado tendrá que tenerlo en cuenta.

miércoles, 28 de mayo de 2014

El sentido de la vida



Rumiar, darle vueltas a lo mismo, a cosas que ya no tienen solución o que si la tienen no están a nuestro alcance, recordar acontecimientos tristes del pasado, dudar sobre qué hacer,... Estas suelen ser algunas de las quejas habituales de las personas que llegan a las consultas de psicología y son, además, el caldo de cultivo de buena parte de los libros de autoayuda al uso.

- ¡Dígame la fórmula! No quiero seguir amargándome con este tema.

Y entonces nosotros sacamos el recetario y ponemos a su disposición un arsenal terapéutico para el manejo de esas rumiaciones. Pero la premisa de este planteamiento tiene mucho de falsa. Si a usted no le gusta como lo tratan en un bar puede simplemente dejar de ir al mismo, pero si lo que le atormenta es el ridículo que le hizo pasar el dueño del bar delante de todos sus amigos, no va a poder abandonar esa habitación interior simplemente por decidir que no quiere seguir pasándolo mal. Creer que puede controlar ambas cosas de la misma manera es la clave de ese otro malestar secundario que tiene que ver con no sentirse capaz de quitarse ese mosquito permanente del cerebro. Tras varios intentos, sufrirá por la afrenta y sufrirá por no ser capaz de quitarse la afrenta de la cabeza.

En nuestra casita interior, los intentos de control provocan un efecto paradójico. Cuando decide que ya es hora de dormirse, seguramente conseguirá desvelarse más, porque al intentarlo activa la rama simpática del Sistema Nervioso Autónomo, que es precisamente la que no le va a dejar conciliar el sueño. De la misma manera, cuando se angustia por un pensamiento o recuerdo determinado, se activarán una serie de sustancias para prepararle físicamente a hacer frente a esa sensación y esas sustancias actuarán como una especie de pegamento emocional que hará más difícil aún que no vuelvan a aparecer en su cabeza. En realidad, teñirán esos pensamientos como peligrosos y cada vez que aparezcan reaccionará de manera similar y, lo que es peor, en su lucha por deshacerse de ellos el tinte se irá fortaleciendo.

Una tarea nuestra, por tanto, consiste en desmontar ese tipo de mitos amparados en que el objetivo de nuestras vidas debe ser la felicidad permanente, la evitación de todo tipo no ya de sufrimiento, sino incluso de malestar. Hemos desterrado las manifestaciones de dolor, porque no encajan con este estado de impulso hacia la felicidad de tarjeta de crédito en el que estamos inmersos.

Desde la orientación que trabajo solemos utilizar una metáfora descriptiva de este planteamiento: mientras usted está luchando denodadamente contra las malas hierbas, ha dejado de cultivar las flores del jardín. Y es precisamente esa tarea, orientarse hacia sus valores, hacia aspectos que tengan que ver no sólo con usted, sino también con las personas que están a su alrededor, cultivar los tulipanes, lo que hace que la mala hierba crezca menos y tenga un papel secundario.

Es cierto que tenemos técnicas para ayudar a que esos pensamientos recurrentes sean menos invasivos y dolorosos, pero en última instancia, la modificación de creencias respecto al control que podemos ejercer sobre los pensamientos y las emociones, así como apostar por la ilusión y el compromiso, con nosotros mismos y con nuestro entorno, serán esenciales para darle sentido a su vida, o simplemente para comprender que no necesariamente tiene por qué tenerlo. Pasear por el campo buscando setas bajo una ligera llovizna que lanza al aire un profundo olor fresco a naturaleza  no le da sentido a la vida, pero es agradable.

lunes, 19 de mayo de 2014

¡Dios mío, no permitas que me caiga al vacío!



Aparte de las consecuencias directas de la crisis sobre la vida de las personas y  sus familias, existe otra menos visible, más encubierta, pero no menos perniciosa. Se trata de la incertidumbre ante el futuro, de la desaparición de todas las certezas.

Recientes investigaciones apuntan el papel desestrucutrante que  tuvo el encuentro (¿descubrimiento?) entre Europa y América en las mentes de la época y en las posteriores . En los Archivos de Indias se pueden encontrar testimonios sobre las dudas y temores de muchos de los marineros que viajaban hacia lo desconocido. Aterrorizados, rezaban continuamente pidiendo no caer al vacío en cuanto desapareciera el mar, o sea, allí al fondo, cuando llegaran al horizonte. Tras el  encuentro, el nuevo mapa del mundo se extendió más rápido que ese otro mapa mental, pertrechado en seguridades ahora cuestionadas. Los cambios en las mentes sólo pudieron crecer a la par que los sembrados de  patatas. El fin de lo conocido dio origen al principio de la incertidumbre, y la deconstrucción de lo anterior empezó a reflejarse en el arte, que se liberaron de las ataduras igual que la tortilla desestructurada de Adriá ayudó a liberarse  de lo cartesiano en la cocina.

La guerra civil española, el miedo al que se sometió posteriormente a la población mediante la violencia real y figurada, así como  la hambruna subsiguiente, modificaron también la recién iniciada ilusión de lo imposible, y se apoderaron de las cabezas, y de las cabezas de los hijos, y la de los hijos de los hijos que ni siquiera las habían conocido.

Ahora vivimos un periodo en el que ni siquiera las evidencias son capaces de volver el mapa redondo, una mayoría sigue aferrada impasible a su viejo mapa plano, convencidas de que no llegaremos nunca a caernos al vacío, no porque desde nuestra ventana no veamos al vecino defenestrarse sin remisión, sino porque es más fácil creer que alguien lleva el timón hacia otro, el anterior, horizonte interminable.

Las crisis son hoyos, tropezones transitorios del que algunos tendrán que salir con esfuerzo. Pero esto no es una crisis. Aquí el esfuerzo individual vale de poco porque esto no es un hoyo real, sino un reajuste del cinturón  y los agujeros  restantes, los de la barriguita cervecera, es probable que no volvamos a necesitarlos.

Las marcas de esta línea que separaba el capitalismo sin máscara,  de ese otro que dibujaba el fin del mundo en el estrecho de Gibraltar, son cada vez más difusas y ahora los que salimos en los telediarios del mundo  después de las noticias de catástrofes y los  niños del Biafra somos nosotros,  ya no son otros, y  ahora el telediario  siempre nos coge en casa. Ahora somos nosotros, sí, también  nosotros los que escarbamos en la basura y saltamos las vallas aunque sea en avión.

Las cabezas y sobre todo  esas conexiones que se establecen dentro de las cabezas, empiezan a dibujar el futuro desde la frágil mirada de la vulnerabilidad. El miedo  hace girar el timón y dirigir los esfuerzos no ya hacia lo posible, y menos aún hacia la utopía, sino hacia las tripas, hacia sí mismos. La razón y la crítica se desvanecen y se irán desvaneciendo aún más. No tendremos sitio para Platón, porque lo relativo se  habrá apoderado de la verdad y si nada es verdad, todo puede ser verdad. Creeremos lo que nos den a creer con tal de que no dibujen un futuro,  da igual el que sea. Y entonces se declarará oficialmente cerrado el  socavón, pero nosotros seguiremos cantándole  las nanas del miedo a nuestros hijos, les pediremos que piensen en ellos y no en los demás, les diremos que el mundo es un desierto inhóspito y cruel, que agache la cabeza, que no se crea nada, que todos son así. Y nuestros hijos transmitirán ese sentimiento de vulnerabilidad a sus hijos.

Ese es el plan y todos, como decía en el post anterior, podemos formar parte de él, consciente o inconscientemente. Por acción o por omisión. Es mucho más corto el camino desde el desaliento al sofá que desde el desencanto y la frustración a la calle. Cada vez que transmitimos que todo está perdido no sólo nos bebemos nosotros un  buchito  de indefensión, también repartimos otros traguitos para las generaciones venideras.

Nos cazan con red, pero cuando estamos en la red, apiñados e incómodos, a veces nos da por hablar, y dependiendo de las conversaciones, la red puede volverse invisible o convertirse en un objetivo común de liberación. Por cierto, ¿qué tal el partido de anoche?


viernes, 18 de abril de 2014

Agentes infiltrados



El mayor éxito de la propaganda alemana nazi no estuvo en el  despliegue de medios que realizó para hacer llegar su discurso a la población, sino en cómo logró que sus mensajes se repitieran de boca en boca en los tajos, entre el pueblo.

Manipular es relativamente fácil. Nuestro cerebro está más preparado para creerse lo negativo, lo que llama la atención, que lo vulgar  y corriente. Cuando se socializa un mensaje pasa a ser verdad por el simple hecho de estar extendido. Si usted mezcla una evidencia incuestionable con una mentira, ésta se tiñe de cierto halo de verosimilitud. Es un mecanismo de asociación conocido en psicología desde hace muchísimo tiempo. No sólo con conceptos o ideas, también podría, por ejemplo, cargar de connotaciones negativas una determinada palabra y utilizarla luego asociada a cualquier otro elemento neutro. Por ejemplo, qué le viene a usted a la cabeza cuando escucha la palabra "régimen". No me extraña que piense en algún país latinoamericano, aunque sea una democracia. Prueba a introducir en Google el nombre de un país seguido de la palabra "régimen" y verá el efecto. Pocos lectores u oyentes se tomarán el esfuerzo adicional que supone buscar información alternativa para formarse una opinión más contrastada.

El uso del lenguaje es pues esencial, pero la difusión del mismo es desigual. Para que gane crédito y se convierta en hegemónico, el discurso necesita de agentes, agentes infiltrados, de nosotros mismos, para más señas.

Aunque  la globalización ha traído la posibilidad de socializar discursos alternativos,  sin embargo, en buena medida, en los aspectos esenciales, nos hemos convertidos en difusores de las ideas que el mismo sistema intenta introducir en el imaginario colectivo. Como en aquella Alemania, nosotros también difundimos acríticamente  los mensajes, algunos aparentemente inocentes, otros movidos por un clima de indignación que nos hace aporrear en el lugar equivocado. Hay que tener en cuenta, como antes, que en nuestra voz cobra un sentido mayor porque no se nos presupone ninguna intención oculta.

Voy a poner algunos ejemplos simples al respecto:

1. El "ombliguismo". Llamo así a esta tendencia creciente de la autoexploración como mecanismo para encontrar la  felicidad.  El planteamiento básico es: Si usted no es más feliz es porque hay algo dentro de usted que no va bien, en cuanto lo descubra disfrutará de una vida plena y los males se relativizarán y la happy hour será eterna. ¿Cuánto hay que pagar?

Si usted tuviera un afán investigador podría comprobar cuantos mensajes de Facebook van en esta dirección, a cuantos de ellos les ha dado al "Me gusta", y cuantos ha compartido. Aunque si es un fan del club de la psicología positiva y el buenrollismo y el mirapadentrodeti o similares, puede incluso que los busque para difundirlos. Le pondré un ejemplo simple:

"La felicidad está dentro de uno, no al lado de alguien", Lennon.

Quién le pondría una pega a esta frase. Depender emocionalmente de los demás puede ser insano, -cierto-, pero la felicidad no está dentro de uno, aislado de los demás.

Si usted escribe en Google "pensamiento" la palabra siguiente no será "crítico", sino "positivo".

2. "Todos son iguales". Este discurso es una simplificación tan absurda que cuesta trabajo, desde un punto de vista racional, pensar que se va a colar sin filtro en tantas cabezas.

Mientras que a las personas que luchan diariamente, pensar de esta manera no va a menoscabar su esfuerzo por la justicia, a la mayor parte de la población, participar de este mensaje acarreará un desprecio por la política, no un mayor grado de implicación. Del "todos son iguales", no se concluye, "así que me voy a organizar para que haymos al menos algunos honrandos", sino, "¡Que les den!".

No, no todos son iguales. Conozco a muchas personas que trabajan sin sueldo por mejorar las cosas, que hacen política diariamente en sus centros de trabajo y en la calle, que militan porque han elegido organizarse en lugar de protestar aisladamente y que posiblemente ganen pocas batallas a lo largo de su vida. Aunque sólo fuera por ellas ya no utilizaría ese discurso interesado. Luego están otros, claro, esos que cuando están dentro nos la juegan y cuando están fuera copian el mensaje de indignación. Recuerdo, por ejemplo, que en una de las últimas huelgas generales iba cerca de un antiguo y conocido dirigente de una de estas fuerzas cambiantes. Cuando pasábamos por "El Corte Inglés", el buen señor se dio cuenta de que estaba abierta y se fue hacia allí. Yo al principio pensé que la iba a liar parda o así, pero no, se limitó a entrar a  comprar algo. Al rato lo vi salir por la otra puerta e incorporarse a la manifestación con su bolsa en la mano, tan pancho. Seguramente por la falta de costumbre.

3. No hay nada que hacer.

Bertold Brech añadía a la frase de los sofistas: "Sólo sé que no sé nada", que se les había olvidado indicar que es que "no habrían estudiado nada". Seguramente si usted asume que no se puede hacer nada es porque es infinitamente más cómodo de asumir que lo contrario, porque como decía Wilde: "Lo malo del socialismo es que te quita muchas tardes libres". Igual sigue pensando que esto se arregla votando a otros o no votando, pero me temo que no.

Aquí nuestra labor de agentes infiltrados es esencial, pero esta es posiblemente la que nos cueste menos trabajo de todas, porque lo contrario nos produciría una desazón profunda, un conflicto entre lo que decimos y lo que hacemos. Estamos deseando que el sempiterno cuento de los brotes verdes cuele al fin.

Hay mucho por hacer. Puede ver algunos de los videos de Annie Leonard para darse cuenta, si es que le parece bien dejar un mundo mejor que el que se encontró,  (https://www.youtube.com/watch?v=mUMESPBJlQo), pero al menos, la próxima vez que le toque hablar, o reproducir, o comentar o compartir, piénselo y si lo hace, añada una nota crítica, que al menos la distribución haga pensar.






domingo, 9 de febrero de 2014

Ciclogénesis y felicidad

Hace mucho que no escribo sobre la felicidad, hoy, con esta explosiva tarde ciclogenética tan desapacible parecía más tentador dejarse arrastrar por la melancolía, pero he decidido romper esa tendencia y volver a sobre el tema, a pesar de lo sobreexplotado que la tengo en el blog.


Le explicaré, ya que estamos aquí entre amigos, con una taza de café  y el televisor apagado, en torno a una mesa camilla rezando porque los árboles permanezcan asentados en sus raíces,  cómo conseguir, por fin, el Santo Grial del Capitalismo.

Si usted quiere ser feliz necesitará en primer lugar cierta dosis de un neurotransmisor llamado dopamina. La buena noticia es que es gratis, la mala es que se gasta pronto. Si aprende a abrir la llave de la compuerta del circuito del placer podrá conseguir la felicidad, en dosis, eso sí, ya le digo. No creo que haga falta que le explique lo de ilusionarse o dejarse ilusionar. 

Otro componente importante consiste en que no confluyan al mismo tiempo emociones negativas. Yo esto lo aprendí de pequeño: si venía a casa mi tía A, la cosa  iba igual de bien que cuando acudía mi tía B, pero si por una falta de coordinación  coincidían ambas, entonces la suma de las partes se convertía en un desastre de puzzle con final de opereta del que sólo podía sustraerme esnifando el detergente que se le quedaba pegado a los soldaditos de los botes de Colón.

Una especie de almendrita dentro del sistema límbico es la encargada de recibir juntas a la tía A y a la tía B. Bueno, puede recibirlas y también, y no es infrecuente, puede incluso citarlas. Una vez que ambas tías han estado en tu casa, a la amígdala le cuesta poquísimo convertirlas en recurrentes fantasmas del castillo.

¿Y qué puede usted hacer para frenar a la dichosa amígdala? Introducirse de lleno en tareas mentales, no tanto en leer a Derrida, como en hacer un Sudoku. La ocupación es a la almendra dulce esa, como el crucifijo a los vampiros, para que se haga a una idea. Pero claro, la pega es que uno no puede estar todo el rato haciendo Sudokus. De algo tenemos que vivir los psicólogos.

Una cuestión más. Aparte de conseguir administrarse una dosis de dopamina y evitar que la amígdala inunde el sótano,  hará falta algo un poco más difícil: darle a su vida un significado, una coherencia que le permita circular por sus días como si supiera a dónde va. Aquí llegamos a mi zona preferida del cerebro, el córtex prefrontal, el habitáculo del piloto, el que dirige el cotarro, o más bien, si quiere, el que cree que dirige el cotarro. El área ventromedial, -que ya sé que no le interesa lo más mínimo- es la encargada de parar los sentimientos depresivos y dar una sensación de coherencia y significado para que su vida no parezca un puzzle irresoluble.

Usted se preguntará qué puede hacer con esta zona tan rara, ¿no hay una tarea para la ventromedial? No, aquí no se trata de tareas, sino de encontrar el  "camino" y que ese camino encaje con el verdadero modelo de felicidad: ser parte de algo y no un "algo" aislado en busca del tesoro.




viernes, 31 de enero de 2014

Crecimiento Colectivo

Esta es la primera tarea de un taller sobre Crecimiento Colectivo. Pasa por algo tan simple como es reconocer el papel de los demás en nuestras vidas. Estas son algunas de las que he tenido la suerte de encontrar. A varias no puedo ya darles las gracias, me di cuenta tarde; a otras aún estoy a tiempo.

Mis padres

Mis padres se empeñaron en una tarea simple conmigo: permitirme soñar. Consiguieron que aprendiera a soñar, no para evadirme, sino para crecer. A la vuelta de mis fantasías siempre  me esperaba una taza de caldito calentito para la tos.

Me enseñaron a no tirar papeles al suelo y a decir: "buenos días" y "buenas tardes", a jugar a la brisca y a dejarme abrazar. 

La puerta de mi casa siempre estaba abierta. Bastaba con empujarla para entrar y sentarse a conversar o a compartir. Mi padre era albañil, primero fue campesino de los que trabajaban de sol a sol. Aprendió a leer en la arena de una playa africana y ya en Huelva, en su primer sueldo de peón compró una cartilla con la que cada noche me enseñó a amar el olor de las hojas de los libros y a encontrar la verdadera ventana del mundo.

 Mi madre era sastra y me hacía la ropa. También ponía inyecciones y leía las cartas de amor y de despedida a los que no sabían leer. Vi nalgas y seminalgas de todos los colores y manos temblorosas escuchando la declaración del soldado que prometía volver y la del emigrante que relataba su inquebrantable amor en medio de los eternos inviernos alemanes. Nunca supe cuánto escribían de verdad y cuánto ponía mi madre en el empeño.


María 

Es fácil vivir con María. No conozco a nadie que no la quiera. Yo tuve la suerte de que, además de sumarme a la legión de seguidores, ella decidiera compartir su vida conmigo.
Me ayuda a ser más paciente -aunque bien que le está costando-, más humilde, más prudente, mejor persona. Tiene un don especial para transformar lo cotidiano en hermoso.


Helena, Ana

Mis hijas son las responsables de mi cara de tonto feliz. Es difícil que pueda darles tanto como ellas me dan a mí. Nos facilitan la vida a nosotros y a todas las personas que están a su alrededor. Les cuesta muy poco diluir al gruñón que llevo dentro. También ellas son felices y hacemos nuestras sus ilusiones. Permitirles soñar es volver a soñar.

María Antonia

Hija única, como yo, un día, no sé cuándo, nos adoptamos mutuamente y desde entonces somos hermanos. Puede escribir mi biografía completa. María Antonia me enseñó a despejar la lírica de la prosa, a disfrutar el momento, a no temer el riesgo, a amar la psicología y el sentido común, pero también a estar dispuesto a perderlo si es preciso.

Mon

Mon es otra hermana de adopción. Igual que la casa en la que me crié, la suya está siempre abierta y llena de vida. Allí vamos a reír, a hablar, a llorar y a emborracharnos, no necesariamente en ese orden. Mon es bondadosa, charlatana, honesta, paciente, cuidadora,.. no tiene doblez, te deja verla como es y así, con ese básico principio pedagógico, te enseña a arriesgarte a ser tú mismo.

Luis

Luis es la otra parte de Mon. Seguramente la mejor persona que conozco. Cuando estás con él y cuando lo recuerdas, te das cuenta de lo sencillo que es ser bueno. Entonces, yo,  siempre, lo utilizo como una referencia cada vez dudo sobre el camino a elegir. A él le sale espontáneamente.

Ángeles

Si necesitara contarle algo a alguien mientras me dejo abrazar, esa persona sería sin duda, Ángeles. Querer y dejarse querer, esa ha sido la lección esencial que he ido aprendiendo con Ángeles.

María José

María José me acogió en un momento extraño en mi vida. No nos separamos ni un momento, hasta el punto de integrarme en su familia y convertir a su madre en mi madre y amiga y a sus hermanos en mis colegas y confidentes. El mejor cumpleaños que viví tuvo lugar en su casa, con toda su familia incluida la perra Nuca, que ese día, al menos, también decidió darme un voto de confianza. Ella me ha hecho las preguntas más difíciles, esas cuya respuestas me han ayudado a conocerme y a conocer el resultado de mis actos.

Antonio

Trabajé con Antonio un par de años, una mesa al lado de la otra.  No recuerdo haberme aburrido en ningún momento con él. Ambos somos ajedrecistas y ese universo, per se, es suficiente para compartir, divertirte y sufrir, pero la palabra que define mi relación con él es "fluidez". No importa que llevemos años sin vernos, necesitamos apenas un saludo para embarcarnos en todos los temas universales. Me gusta esa sensación de saber que está ahí  y que nos volveremos a encontrar, pero lo cierto es que lo echo mucho de menos frecuentemente.

Balbuena

Lo único que me faltó el tiempo que compartí con María José fue anotar cada noche lo que había aprendido. Aprendizajes vitales. La esencia. Seguramente mi trabajo lo desempeñaría de una manera muy diferente sin la experiencia que tuve a su lado.

Manolo

Hay que hacer poco esfuerzo para querer a Manolo. Nos conocimos en un curso de varios meses  en el que pude comprobar la facilidad con que Manolo transmite buen ambiente. Consigue que la gente que está a su alrededor se sienta mejor, confíe, se divierta y hable. Tiene un don especial para hacer que te sientas escuchado. Además,  es buena persona, comprometida y radicalmente  honesta. Auténtico, sin nada detrás.

Tere

No conozco a nadie tan emprendedor como Tere. Es de esas personas creativas, divertidas, inteligentes, solidarias, luchadoras, amiga de sus amigos, honradas, que todo el mundo estaría dispuesto a incorporar a su nómina de amigos, y tener a personas con esos valores cerca -se lo dije hace poco- es esencial para mantenerte por el camino adecuado.

Mónica, Eugenio, Sergio, Alberto, Charo

Todas estas personas han coincidido con Manolo en el mismo barrio, gracias a él he ido conociéndolos y gracias a ellos he ido conociendo más a Manolo. Cuando llevas un rato hablando con cualquiera de ellos entiendes qué es el sentimiento de clase, cuán fácil es posicionarse y tomar partido. Son ese ejemplo que permite convivir y sentir que estás rodeado de buenas personas, de los que no van a traicionarte nunca, de los que te van a aportar continuamente. Veo a Sergio blandiendo su flequillo y su filosofía vital y me veo a mí mismo y me alegra y me reconforta ese reencuentro.

Esperanza

A veces, de pronto, tienes la gran suerte de encontrar a alguien con quien a los pocos minutos eres capaz de hablar por los codos de veinte cosas diferentes al mismo tiempo y sentir que las llevas todas para adelante. Es brillante, profunda y estimulante. Tiene el don de facilitar la vida a los que están a su alrededor. Sabes, entonces, que esa persona te va a ayudar a crecer, que te va a aportar, que te va a decir lo que necesitas que te diga... y que todo el tiempo será escaso para ello.

PAH

He conocido muchos colectivos que lucharan por causas justas, pero sin duda, los de la PAH son un ejemplo esencial. Si tuviera que realizar una fotografía de lo que más se parece al Crecimiento Colectivo, seguro que me saldría la de este grupo de personas. Ellos y ellas enseñan el valor de la solidaridad y de la lucha, el poder del nosotros y de compartir. Los elijo como referente para no bajar la guardia, para saber que es posible, para no ensimismarme con cuitas intrascendentes, para entender de lo que hablaba Brecht cuando se refería a "los imprescindibles".

Grupo Psicología y Crisis

Un grupo de colegas decidimos hace un tiempo crear un grupo para canalizar nuestros esfuerzos individuales, darle un sentido más social y comprometido a nuestra profesión, tal y como debería esperarse de quienes hemos convertido a las personas en el centro de nuestro quehacer. Seguro que podremos ayudarnos a crecer mutuamente, a comprobar la verdadera esencia de la psicología, a ser  mejores compañeros y mejores personas. No se me ocurre mejor labor.