jueves, 5 de febrero de 2009

Límites


Cuando iban a comprar las entradas para el circo, el niño observó asustado que un enorme elefante se encontraba delante de la carpa atado a una cuerda en cuyo extremo se encontraba una pequeña estaca apenas clavada en el suelo. “¡Papá, papá –reclamó el niño- mira ese elefante!”. El padre tuvo la misma reacción que el hijo al comprobar la precaria sujeción del animal, y así se lo hizo saber al señor de la taquilla. Éste sacó la cabeza por el hueco y extrañado, igualmente, llamó al domador para que evitara alguna catástrofe. “¡Ah, Dumbito, -respondió tranquilamente el domador- No te preocupes. Lo compré en Tanzania cuando era muy pequeñito. Lo até a una cuerda similar a la que tiene ahora y clavé la estaca en el suelo. Durante varios días el pobre estuvo tirando y tirando, sin conseguir zafarse. Finalmente desistió. Desde entonces nunca ha vuelto a intentar escaparse. No hay peligro. Ya cree que es imposible”.




Delante de la casa en la que me crié había un gran terraplén. Al final del mismo, a unos diez metros, la vía del tren marcaba una especie de límite imaginario. Era una línea continua inexpugnable que se perdía en el horizonte por uno y otro lado. Si nuestra pelota cruzaba ese límite y caía más allá, todos nos quedábamos parados, sin saber muy bien qué hacer, como si hubiera caído en la marquesina de Paco, aquel señor bigotudo que rajaba las pelotas como si fueran sandías. Ni el más osado del grupo era capaz de transgredir aquel límite impuesto años atrás a base de pescozones por nuestras madres. Un día de Reyes, jugando con las pistolas huecas recién sacadas de la caja a policías y ladrones, un amigo y yo corríamos a escondernos de los “policías” cuando, de pronto, nos percatamos de que estábamos detrás de unos mojones kilométricos ¡al otro lado de la vía! Nunca he olvidado aquella sensación mezcla de libertad y miedo. Nos miramos nerviosos y permanecimos allí un buen rato disfrutando y sufriendo aquella extraña sensación.

He contado muchas veces ambas historias en la consulta a pacientes que me hablan de temores o creencias como si fueran cuerdas tangibles que les impiden moverse o escapar.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

La primera historia la conocía. Me parece que vivimos con muchas limitaciones autoimpuestas y luego es difícil superar lo que consideramos como normas.
Un blog interesante, enhorabuena.

alicia dijo...

¡¡Hola, Juan!! Me ha gustado mucho esta entrada. Yo creo que ya superé y rompí mi cuerda, no sé si la recuerdas. Ahora todo parece diferente, como tú dices cuando cruzaste la vía. Se te abren otras oportunidades. Gracias y un beso.
Alicia.

Antonio dijo...

uf, cómo recuerdo esas cosas de la infancia. Un saludo, Juan.
Toni

Walden dijo...

Claro que me acuerdo, Alicia. Un saludo. Otro para ti, Toni.

Walden dijo...

Claro que me acuerdo, Alicia. Un saludo. Otro para ti, Toni.