
Una de las historias que más me han sorprendido siempre son los secretos familiares y su fuerza normativa o desestructurante. Normalmente se trata de algo que no puede ser contado en el contexto cultural del que proviene esa familia, no necesariamente en el que se encuentra actualmente. Favorece alianzas, expulsiones, apegos, fobias, trastornos y rumiaciones para los tiempos de ocio mental,.. En ocasiones provocan rupturas o encuentros, otras ayudan a sostener en equilibrio al grupo que no imagina la existencia más allá de esos límites.
El domingo, cuando volvía de la playa, una persona de mi pueblo a la que no conozco me llamó por teléfono para comunicarme la muerte de mi tío José (uno de los tres que quedaban vivos). Mi tío José era sordo, al igual que otros muchos en esta familia y en ese pueblo. Cuando era pequeño estuve contando a todos los sordos que conocía o de los que me hablaba mi padre y llegué a pensar que un día, una explosión había ocasionado aquel desaguisado coclear colectivo. No sé, también los pueblos tendrán secretos.
Cuando me dirigía al día siguiente al entierro iba pensando que ya era hora de resolver uno de los dos secretos familiares de los que soy agente pasivo. Las personas que pueden aclararme las cosas son muy mayores, no se puede demorar mucho la resolución.
Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años. Estaba a punto de hacerme psicoanalista pensando que no tenía ningún recuerdo de esa etapa por algún cuadro represivo utilizado como mecanismo de defensa, cuando descubrí que hasta esa edad prácticamente no se tienen aún recuerdos formados para la posteridad. La cosa podría haber quedado ahí, en esa constatación científica, pero cuando nos vinimos a la capital y tuvimos por fin casa propia, mi padre me colocó la foto de mi madre justo enfrente de la cama. Antes de dormirme y al despertarme lo primero que veía era la mirada adusta de mi madre. La veía allí enfrente, mirándome seria. Se ve que antes el fotógrafo nunca te pedía que sonrieras y las personas salían siempre serias y con cara de estar perdiendo el tiempo.
Antes de dormir fantaseaba a veces con mi infancia ignorada. Construía trozos que completaran aquel vacío histórico y emocional: iba a una guardería (miga, la llamábamos entonces), tiraba piedras a un gran pozo que me devolvía mi nombre en forma de ondas y cruzaba corriendo una explanada al final de la cual se encontraba un molino, moliendo trigo imaginario.
Conforme empecé a ver películas de Woody Allen me iba haciendo más hipocondríaco, y eso me empujaba a asociar los síntomas con alguna herencia genética que confirmara el origen de mi padecimiento certero.
En uno de aquellos viajes que hacíamos cada año al pueblo por la fecha de "Todos los Santos" con Ángel, el taxista, empecé a preguntarme de qué había muerto mi madre. Íbamos siempre mi padre, mi nueva madre y yo. Nadie nunca me había dicho nada al respecto y a la sazón tenía ya ocho años. Al llegar al pueblo mi abuela –tía Elena, era su apodo-, vestida de un negro riguroso y eterno me recibía siempre llorando y con un bizcocho decorado con bolitas de colores. Luego comenzaba la ruta de los familiares (yo la llamaba la ruta de los sordos amables).
Camino de regreso tomé valor y le pregunté a mi padre.
- Papá, ¿de qué murió mamá?
- ¿Mamá…? De una cosa… de una cosa mala… En esta tierra nunca podrá sembrarse nada –dijo luego, desviando la mirada al campo en el que ahora se pierden en la vista extensiones de naranjos con tubito negro salpicando agua programada a sus pies.
“Una cosa mala”. ¿Puede alguien morir de una cosa buena?.
Camino de regreso tomé valor y le pregunté a mi padre.
- Papá, ¿de qué murió mamá?
- ¿Mamá…? De una cosa… de una cosa mala… En esta tierra nunca podrá sembrarse nada –dijo luego, desviando la mirada al campo en el que ahora se pierden en la vista extensiones de naranjos con tubito negro salpicando agua programada a sus pies.
“Una cosa mala”. ¿Puede alguien morir de una cosa buena?.
La misma escena, tres años más tarde. La visita al pueblo siempre refrescaba la curiosidad.
- Papá, mamá murió de una “cosa mala”, pero ¿en qué parte del cuerpo estaba la “cosa mala”?
- Ángel, ¿tú crees que aquí crecerá alguna vez algo que no sean estas jaras?
- Imposible, ya lo decía mi abuelo.
El lunes, durante el entierro, cuando estaba hablando con un primo, se me acercaron muchas personas. Por lo visto me parezco mucho a mi madre o mucho a mi padre o a ambos.
- Tú eres hijo de…
Una de esas personas, un hombre enjuto y algo sordo, muy mayor, me dijo visiblemente emocionado que era el vivo retrato de mi madre y que él me había tenido entre sus brazos muchas veces en mi infancia y que había sido amigo y vecino de mi madre, y...
Le pedí su nombre.
- Ah, Manuel, le puedo hacer una pregunta
- ¿Cómo dices hijo?
- ¡UNA P-R-E-G-U-N-T-AAA!
- Claro, hijo, dime.
- ¿DE QUÉ MURIÓ MI MADRE?
- La pobrecita… de una cosa mala.
Vale, pensé, a ver si hay suerte.
- Ya sé que murió de cáncer, Manuel, pero ¿de qué tipo? - le pregunté muy bajito pero vocalizando mucho, como había aprendido durante mi infancia.
- De aquí –dijo, golpeándose el pecho con la mano abierta- ¿Has visto los naranjos que tenemos en el campo?
Los naranjos crecieron finalmente en esta tierra estéril. Los sordos siguen siendo extremadamente amables y cariñosos. De lo que se debe o no hablar, sigue quedando inquebrantablemente claro.
- Ah, Manuel, le puedo hacer una pregunta
- ¿Cómo dices hijo?
- ¡UNA P-R-E-G-U-N-T-AAA!
- Claro, hijo, dime.
- ¿DE QUÉ MURIÓ MI MADRE?
- La pobrecita… de una cosa mala.
Vale, pensé, a ver si hay suerte.
- Ya sé que murió de cáncer, Manuel, pero ¿de qué tipo? - le pregunté muy bajito pero vocalizando mucho, como había aprendido durante mi infancia.
- De aquí –dijo, golpeándose el pecho con la mano abierta- ¿Has visto los naranjos que tenemos en el campo?
Los naranjos crecieron finalmente en esta tierra estéril. Los sordos siguen siendo extremadamente amables y cariñosos. De lo que se debe o no hablar, sigue quedando inquebrantablemente claro.