
Si usted tuviera infradesarrollado el córtex probablemente se gastaría muy poco dinero en psicólogos (gracias, señora evolución). Esta tercera entrega habla sobre el papel de dicha zona y cómo sacarle provecho a lo que sabemos de ella.
A los psicólogos de corte cognitivo-conductual, o sea la mayoría actualmente, nos encanta la psicoeducación. La psicoeducación viene a ser como los cursillos prematrimoniales: tú vas para que te case, pero el señor cura dice que vale, pero que antes te tienes que enterar de unas cosillas. Nos encanta psicoeducar.
El papel de la interpretación en el empeoramiento progresivo en los trastornos de ansiedad es uno de esos temas recurrentes en la fase de sermón introductorio. No nos centramos mucho en el pasado, no porque no pensemos que no tiene peso en la forma en que afronta la persona este problema, sino porque creemos que le va a resultar más útil comprender cuál es su papel en lo que está experimentando actualmente, bien a través de los síntomas que relata, bien mediante esa anticipación horrible que hace de casi todo.
Observe el siguiente dibujo:

Una vez que se han descartado trastornos orgánicos que pudieran explicar la sintomatología, planteamos esta ecuación. Para que usted sufra un ataque de ansiedad es necesario que se den conjuntamente las dos premisas anteriores: que note unas sensaciones corporales, por ejemplo, taquicardia u opresión en el pecho, y que piense que eso significa que le va a dar un infarto o que se va a desmayar, o algo similar. Si usted piensa que se va a morir de un infarto pero echa una mirada inquisitoria a su corazón y el órgano está latiendo plácidamente, no llegará a sufrir un AP. Si nota su corazón cabalgando desmelenado, pero se dice a sí mismo, “estas escaleras me van a matar”, será consciente de que necesita hacer más ejercicio físico, pero no llegará al AP.
Usted acude al médico para que le quite la dichosa ansiedad. El galeno, como es natural, le prescribirá ansiolíticos o antidepresivos, de esta forma el primer término de la ecuación tenderá a aminorar hasta no ser significativo y usted podrá tranquilizarse. Si usted decide visitar a un psicólogo, éste le explicará que el problema está en el segundo término y luchará por convencerlo de que es ahí donde debe centrar su acción. El paciente, o sea usted, se resistirá: “Pero si yo estaba tranquilamente en el sofá… ¿cómo va a ser mi cabeza la causante del AP?” Efectivamente, la mala no fue su cabeza. Sus pensamientos se limitaron a prender la soplar sobre la primera chispa que saltó y a procurar que no faltara leña. Del fuego en sí ya se encargarán otros.
Después de una hora de psicoeducación estará o bien muy cansado del debate socrático y de la charla argumentativa o bien se habrá echo fan incondicional del club de psicólogos de su provincia.
Ya ha sido psicoeducado, centrémonos de una vez por todas en lo que le ha traido hasta aquí.
Usted está en el salón con su esposa o esposo, que también acude a terapia, viendo la tv y en ese momento le sobreviene uno de esos temidos subidones de ansiedad. Cinco minutos más tarde, el único córtex disponible en la casa es el de su pareja, que no hace más que insistirle en que recuerde lo que hablaron en la consulta, que respire de tal o de cual manera, que… Usted lo que querrá es que se calle de una vez y que le deje concentrarse en esos asquerosos síntomas que suben por su pecho como si estuvieran asaltando una empalizada en la edad media. En esa situación crítica su pareja vendrá temblando con papel y bolígrafo y saldrá corriendo antes de que se los arroje, luego usted debería empezar a escribir, podría empezar por acercarse a la realidad desde una perspectiva temporal con todo detalle:
“Hoy, veintinueve de junio de dos mil once, estando en mi casa de…, a las … horas, junto a mi… que está vestida…. y al gato que duerme en el sillón de al lado,…noto…. y el corazón va a .... pulsaciones por minuto, estoy respirando… veces por minuto… confundo la o con la a y algunas lucecitas se asoman desde algún sitio en mi vista, un cosquilleo de hormigas en las manos y mareo…”
Como sabrá, al sistema límbico no le dio tiempo a terminar primaria. Eran malos tiempos para la escuela, si quiere obtener un ejemplo de cómo funcionaba la cosa y el papel tan insignificante que tenía el razonamiento en aquella época puede ver uno o dos episodios del reality Supervivientes.
El único que aprendió a escribir en la casa fue el córtex, ese trozo de casco superpuesto que nos duele tanto tras tres horas a pleno sol. Si usted consigue articular su brazo y coordinarlo con sus deditos para imprimir letra tras letra con cierto sentido, observará sorprendido cómo la ansiedad va cediendo terreno.
Su cuerpo en realidad es un mandado. Si le dice preparado para la acción, él se pone en posición de al ataque sin rechistar, pero si a usted le da por transcribir lo que sucede, en lugar de lo que cree que está sucediendo o va a suceder, su cuerpo se dedicará a la cow’s contemplation® (es la marca que voy a registrar para el tratamiento de la ansiedad).
Si por casualidad, tras un rato dándole a la muñeca empeora y le tira el bolígrafo a su pareja, vuelva a leer lo que escribió y observará cómo en lugar de describir “…110 ppm”, escribió “… me va a dar un infarto”. Recuerde, por último, que se trata de describir no de interpretar.