jueves, 6 de junio de 2013

Gotas de agua




“Las palabras por sí solas no cambian la realidad, por supuesto, pero convocan a las fuerzas que sí tienen ese poder de transformación.”
Soledad Gallego-Díaz




Una vez hubo un gran incendio en la selva. En cuanto se dieron cuenta, los animales comenzaron a huir despavoridos. En la hilera que se formó, de pronto un elefante observó extrañado que un pequeño colibrí pasaba una y otra vez por encima de sus cabezas. Iba a un lago cercano, cogía unas gotas de agua en su pico y emprendía el vuelo de regreso hasta situarse sobre el incendio. Una vez allí, soltaba las diminutas gotas y volvía a empezar su tarea.

El elefante llamó la atención del resto de los animales respecto al comportamiento del colibrí, entonces el león, preocupado, en cuanto lo vio aparecer de nuevo le gritó:

- ¡¡¡Colibrí, ¿estás loco?, ¿acaso crees que vas a poder apagar el fuego con esas gotas de agua ridículas?

El colibrí se quedó apenas unos segundos suspendido en el aire aleteando.

- No lo sé, la verdad, me limito a hacer mi parte.


Y luego continuó su vuelo con la misma decisión.


Tras una de las manifestaciones en las que solíamos encontrarnos,nos reunimos  los colegas que coincidíamos las mismas y  nos planteamos hacer algo más,  organizarnos y poner a disposición de la sociedad  los conocimientos que teníamos desde la psicología. Así nació un grupo al que denominamos "Psicología y Crisis". Como he comentado en otros posts, el grupo no  ha parado ni de crecer, ni de realizar acciones de distinta índole.

En la última charla convocamos a distintos movimientos sociales, organizaciones de base, asociaciones de vecinos, estudiantes, etc. Queríamos hablar sobre las distintas herramientas que se utilizan para construir y difundir un discurso que logra transmitirnos que no hay alternativa, que todo es irremediable, que nos hace dirigir nuestra ira hacia objetivos tangenciales e improductivos, cuando no a guerras fratricidas, logrando convertirnos  en sutiles agentes del propio sistema que difunden con vehemencia  esas mismas consignas sin darnos cuenta de la trascendencia última del mensaje.

Cuando ves y escuchas la misma idea una y otra vez, en distintos medios y a través de distintas voces, acabas interiorizándolas, pero hay un paso posterior aún más importante.

 El filólogo Víctor Klemperer, en su libro “La lengua del Tercer Reich”, comenta que fue a través de la repetición de las expresiones cotidianas como consiguió que la población interiorizara ese lenguaje.


"Más que la propaganda de los discursos, las octavillas y los carteles,  el instrumento que permitió al nazismo instilar su veneno en las masas fue  el lenguaje: palabras aisladas, expresiones y formas sintácticas repetidas hasta la saciedad y que, favorecidas por su simplicidad, acababan por penetrar en el inconsciente de los individuos, quienes las asimilaban y las reproducían mecánicamente”.

Frente a eso enfrentamos un discurso  apoyado en la razón y la justicia, cierto, que parecería que debiera, por sí mismo, para ser suficiente, pero que a la postre no logra por sí mismo convocar lo mejor de nosotros mismos y ponerlo a disposición del bien común, no al menos con el número y la fuerza suficientes. No al menos, hasta ahora.

Conté una versión de un chiste de una de las intervenciones del autor de "Gomorra", Roberto Saviano en la RAI3 de la televisión italiana, recogido en el magnífico libro "Vente conmigo":

Dos campesinos van como polizones en un barco a América. Por la noche, a uno de ellos lo despierta el movimiento y sube a cubierta. Allí ve el enorme temporal que está cayendo, se acerca a un marinero y le pregunta por la situación. Éste le contesta que si la tormenta sigue así, en cuestión de media hora el barco se irá a pique. Asustado, corre de vuelta a la bodega y despierta a su compañero:

- Beppe, Beppe, despierta.

- ¿Qué pasa?
- ¡¡Hay una tormenta... un marinero me ha dicho que si sigue así, en media hora el barco se hunde!!

Beppe se da media vuelta despreocupado.


- Y a mí qué, ¿el barco es mío?


Seguramente tendremos que hacer un gran esfuerzo por vencer la indiferencia a la que nos aboca este sentimiento de impotencia,  superar el desconocimiento, acaso el temor,  por comprender que hay muchas formas de ser útil, de no centrar nuestro discurso en lo que nos diferencia, sino en lo que nos une, de avanzar hacia la unidad de acción tan necesaria,..


Mientras eso llega, nos toca aportar esas pequeñas gotas, tal vez improductivas, pero imprescindibles que no dependen tanto de que lleguen o no a conseguir su destino último, como de que sintamos que no estamos traicionando  nuestra obligación de luchar por intentarlo.




2 comentarios:

Melània dijo...

Me gusta la historia del colibrí :) La presión en la que vivimos es intensa: estoy en paro o en un trabajo que no me gusta, mi relación de pareja es conflictiva, mis amigos solo quieren evadirse de la realidad, mis hijos están desmotivados, las personas de mi entorno están tristes o irritadas... Y como todos están igual, acabamos normalizando la situación. Vivimos bajo la pesada losa del fracaso. La mejor herramienta que tenemos y que nadie nos ha enseñado a utilizar es la de marcarnos objetivos pequeños que podamos conseguir, así viviremos éxito tras éxito y mejorará nuestra percepción de nuestro entorno.
Besos

Walden dijo...

Estoy de acuerdo con lo que dices. Yo también trabajo desde una perspectiva más colectiva, haciendo partícipe de la acción social la imagen de éxito o fracaso toma un cariz diferente.

Un beso.