
El peso del pasado es un tema recurrente en las consultas. Situaciones que no se resolvieron adecuadamente, actos que provocaron sentimientos de culpa, pérdidas inesperadas, rupturas conflictivas, abusos, comportamientos inexplicables a la luz del presente,..
Habitualmente, son recuerdos que de alguna manera nos quedaron marcados provocando algún cambio significativo en nuestras vidas, pero que han podido diluirse en el transcurso del tiempo sin inducir aquel caudal de emociones que en su día provocaron. Cuando no es así, cuando siguen teniendo un peso significativo en nuestra vida diaria, tenemos que abordarlos desde otra perspectiva, procede entonces trabajar hacia una adecuada reelaboración de esas experiencias. El caso más dramático lo observamos en aquellas personas que sufren "estrés postraumático", un trastorno en el que la persona revive con todo lujo de detalles, involuntariamente, episodios terribles que sufrió en un momento de su vida,sintiéndose atrapada por esos pensamientos e imágenes invasivas, vívidas y angustiosas.
Pero quiero referirme hoy a otro tipo de recuerdos, importantes para cada uno de nosotros, pero que no llegan a las consultas, que nos las contamos los amigos en los bares con una cerveza de por medio, o en una conversación que ha ido derivando hacia la nostalgia. Pondré dos ejemplos personales, ambos mal resueltos en su día y que tuvieron cierto peso en mi vida posterior.
Un día, hace ya muchos años, recibí una llamada de teléfono de la que tan sólo recuerdo la siguiente pregunta:
- ¿Eres feliz?
He olvidado el resto de la conversación. Incluso el detalle de lo que le dije . Sí recuerdo, en cambio, que me embarqué en la composición de un discurso que justificara una respuesta afirmativa.
Pasé mucho tiempo utilizando aquella frase como una herramienta de autoexploración. ¿Era feliz? ¿cómo podría saberlo realmente? Sólo con el paso de los meses, un día, sin saber bien por qué, enfoqué la llamada desde otra perspectiva. Entonces me di cuenta de que más que una pregunta, aquello había sido una respuesta. En ese instante se apoderó de mí un terrible ataque de melancolía por la conversación que nunca tuve, por las incógnitas que se quedaron travestidas por aquel inútil monólogo.
Más lejos aún, en mi adolescencia, una tarde de verano, cumpliendo el encargo de avisar para la fiesta del viernes, -las fiestas de las eternas promesas-, llamé al timbre de la casa de una amiga. Me abrió sonriente, escuchó mi mensaje y acto seguido me lanzó una pregunta-oferta.
- ¿Quieres pasar?
Miré detrás de ella y adiviné que estaba sola y durante unos instantes entre terribles y maravillosos, en mi estómago se concentraron todas las certezas y todos los temores. ¿Se trataba de mí o de la casualidad de ser el que llamó a la puerta en aquel instante? Y entonces, inexplicablemente, - al menos, inexplicablemente desde esta distancia- contesté:
- No.
Ella se quedó inmóvil, como si esperara que aquello fuera sólo un farol pasajero. Pero yo, traicionando todos mis sueños infantiles, me di media vuelta y me marché. Esa misma noche me emborraché con todo el blues que fui capaz de beber y que mis amigos fueron capaces de soportar, mientras me prometía que nunca, nunca más, volvería a decir "No" a nada, ni a nadie.
Las puertas que no crucé, las conversaciones que no tuve, las miradas que nunca se aclararon, los otros caminos que quedaron relegados por elecciones de sus opuestos,.. aquellos que durante mucho tiempo fueron una dolorosa y persistente compañía, hoy aún se asoman y se entremeten sin permiso en mis ensoñaciones. Ya no acudo al blues para olvidar, ahora las canciones tristes le sirven de fondo y yo los acojo gustoso y construyo para ellos otra historia y un final, el final adecuado, naturalmente.