Estás tumbado sobre el césped. Miras el cielo. Las nubes se desplazan pausadamente, permitiéndote detenerte en sus formas, en su volumen,... A veces la atención se dirge a la humedad de la yerba sobre la espalda, al zumbido lejano de algún insecto, a voces,… Vuelves a las nubes, no importa que ya no sea la misma a la que hasta hace unos segundos intentabas encontrar semejanzas. Y así pasa el tiempo, no esperas que pase más o menos rápido. Simplemente no importa. No quieres detenerlo porque no estás pendiente de su existencia.
Los pensamientos, como las nubes, son etéreos y transitorios. Muchos pacientes llegan a la consulta con nubes debajo del brazo. Ese algodón amorfo que volaba libremente junto a bandadas de patos en V, está ahora aquí, en nuestra mesa de disección, preguntándose, probablemente, por la causa de su secuestro, ella, que está hecha exactamente de la misma materia insustancial que sus compañeras de excursión, por alguna causa que desconoce ha sido raptada y encerrada, girando desde entonces en esta nueva espiral sin fin.
Yo les pregunto: “¿Y qué diferencia hay entre la nube: nadie me quiere y la nube: todo el mundo me quiere?”, ¿acaso no están hechos de la misma materia? ¿qué hace que de pronto, esa nube parezca detenida, amenazante, y que donde antes había vapor evaporándose en capas sucesivas, esté ahora esa especie de nimbo tangible?.
Cuando House dice que todos los pacientes mienten, en realidad quiere decir que todos los pacientes –y todos nosotros- se mienten. Se engañan inconscientemente. No todos, obviamente, pero sí los ladrones de nubes.
El proceso es más kafkiano que poético. Tras el secuestro la interroga sin piedad, luego la escucha y pone la misma cara que yo cuando intentan relajarme a traición con chill out, convencido de que dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Vuelvo a colocarla en su sitio, confundida como una más, allá en el celaje, le paso el brazo por el hombro al paciente y le pido que soplemos juntos y en la misma dirección.

