Mi primera intención al estudiar psicología fue dedicarme a la investigación. Prácticamente he hecho de todo, excepto precisamente investigar. Es un gusanillo del que me libro con teorías absurdas a las que, tal y como me pasan por la cabeza, les diseño un experimento para contrastar la hipótesis nula. Snif. Que le vamos a hacer. En eso ha quedado la cosa por lo pronto.
Una de esas teorías plantea que los niños, conforme van madurando intelectualmente, dibujan el sol más a la derecha cada vez. Otra, que las mujeres arrojan las cosas de forma diferente a los hombres. Para comprobarlo siempre estoy diciendo a todo el mundo: "Lánzame esto o aquello". Bueno, así tengo varias, sobre las que acumulo datos poco a poco.
En este universo de lo inútil, una de mis preferidas es la de la concatenación de mentes obtusas. No tengo mucho material para contrastarla, pero el que observo es tan, tan demostrativo... Resumo: en determinadas empresas y organizaciones, por razones aún desconocidas, una serie de personas de mente cerril llegan a la dirección de las mismas. La gracia no está en que lleguen, lo significativo es que llegan varios. Un o una -seamos políticamente correctos-, vienen a ser como la cuota de obtusos por decreto de la empresa. Ese perfil no me interesa. Es este otro, -varias mentes unidireccionales concatenadas en el espacio y en el tiempo, procurando inconscientemente hundir a la empresa que los sustenta- en el que pongo interés de etólogo frustrado.

Creo que no tienen fortuna en su empeño porque muchas veces esa empresa es la propia Administración Pública, pero incluso en la privada, el hecho por el que finalmente no entran en quiebra se debe al mismo elemento común: los asalariados a sus órdenes. Entre estos en un principio suele cundir el desánimo y la sorpresa, pero la observación, la costumbre y el sentido común terminan prevaleciendo.
Esto viene a cuento, porque desgraciadamente, hay veces en que determinados trabajadores a su servicio no se dan cuenta de esta otra verdad. Viven Matrix desde dentro y les falta perspectiva. Se rebelan frente a la idiocia a la que creen verse sometidos, contra las órdenes sin sentido ni razón. Son espíritus libres, desgraciadamente. Es como si se se subieran a una de las mesas del despacho y les gritara a los demás: "Pero, ¿no os dáis cuenta de lo que está haciendo fulanito?". Los demás lo mirarán un momento, y tras una mirada de conmiseración le responderán: "¿Y qué más da?. Ni caso".
Pero no puede, y así, crispado y retorciendo su colon ascendente, llega a la consulta, en la que el psicólogo de turno, sección epicúrea, le dirá: "¿Y qué más da?. Ni caso"