
Entre las conversaciones más estimulantes y menos fructíferas entre colegas se encuentran probablemente aquellas que versan sobre los trastornos de personalidad. Me recuerda a esos episodios que ahora se antojan tan lejanos, en los que uno de los varones del grupo decía de pronto: "A mí una vez en la mili...", y a partir de ahí todos saltábamos, como un resorte mecánico, con el anecdotario militar sin importar si venía o no a cuento con la historia inicial.
- Tengo una persona con trastorno límite que...
Cuando escucho esto ya sé que vamos a empezar, igualmente, a acordarnos de todos esos casos tan complejos en los que un día llega alguien a la consulta aquejado de una depresión o de un trastorno de ansiedad y se marcha con un trastorno de personalidad bajo el brazo, tan campante y por el mismo precio. No es demasiado frecuente, pero tampoco inhabitual.
Una paciente a la que le gusta visitar páginas de psicología por internet me preguntó hace poco si los psicólogos podíamos saber así, a simple vista, si una persona tenía o no un problema de esa índole.
- Sí, -le respondí- nos basta con mirar cómo aparcan. - Le aclaré, cargándome así, de un plumazo, uno de los secretos mejor guardados en el gremio mentalista.
Normalmente utilizamos unos criterios de continuidad en el tiempo, de rigidez y escasa flexibilidad ante los cambios, de patrones que interfieren en su vida cotidiana dando lugar, con más o menos frecuencia, a trastornos más visibles para la persona, tales como los citados. Pero si necesitamos colocar una etiqueta ipso facto, bastará con ver determinados comportamientos cotidianos, como por ejemplo, el aparcamiento.
Si usted quiere jugar a amargarse encontrándose síntomas que revelen que sufre uno de estos trastornos puede seguir leyendo esta y la siguiente entrada, en caso contrario cambie de blog o bien dedíquese a escuchar la música que he colgado del post.
Este recorrido por los distintos trastornos de personalidad lo recuerdo vagamente de algún libro de psicología, pero guardando el espíritu del mismo vendría a ser así:
El paranoide se montaría en el coche y diría: "¡Otra vez me han arrrinconado!". El esquizoide intentaría aparcar lo más lejos posible de cualquier coche y el esquizotípico, sobre el contenedor verde de reciclaje, que vendría a ser como un estacionamiento intergaláctico. Un antisocial aparca siempre en doble fila, y si es posible en una salida de emergencia. El límite estrellaría su coche contra el de la amante y el pasivo-agresivo procuraría ocupar tres plazas. El del narcisista no hace falta que se esfuerce mucho, es aquél tan lujoso que ve a lo lejos. El dependiente aparcaría en una zona concurrida, cerca de otros coches familiares. Si el coche está aparcado en medio de la acera y escucha una música estridente salir a borbotones desde las ventanas bajadas, ahí acaba de salir el histriónico, pero si quiere saber qué es un aparcamiento perfecto, a menos de treinta centímetros de la acera y alineado al de delante y al de atrás, atienda a cómo aparca el obsesivo. Si es usted un evitativo nos costará encontrar su coche, probablemente lo tenga en una esquina, semi-escondido.
Cuando usted sea capaz de reírse de su forma de aparcar el coche estará ya desprendiéndose de las ataduras, rígidas ataduras, del aparcamiento.
Una paciente a la que le gusta visitar páginas de psicología por internet me preguntó hace poco si los psicólogos podíamos saber así, a simple vista, si una persona tenía o no un problema de esa índole.
- Sí, -le respondí- nos basta con mirar cómo aparcan. - Le aclaré, cargándome así, de un plumazo, uno de los secretos mejor guardados en el gremio mentalista.
Normalmente utilizamos unos criterios de continuidad en el tiempo, de rigidez y escasa flexibilidad ante los cambios, de patrones que interfieren en su vida cotidiana dando lugar, con más o menos frecuencia, a trastornos más visibles para la persona, tales como los citados. Pero si necesitamos colocar una etiqueta ipso facto, bastará con ver determinados comportamientos cotidianos, como por ejemplo, el aparcamiento.
Si usted quiere jugar a amargarse encontrándose síntomas que revelen que sufre uno de estos trastornos puede seguir leyendo esta y la siguiente entrada, en caso contrario cambie de blog o bien dedíquese a escuchar la música que he colgado del post.
Este recorrido por los distintos trastornos de personalidad lo recuerdo vagamente de algún libro de psicología, pero guardando el espíritu del mismo vendría a ser así:
El paranoide se montaría en el coche y diría: "¡Otra vez me han arrrinconado!". El esquizoide intentaría aparcar lo más lejos posible de cualquier coche y el esquizotípico, sobre el contenedor verde de reciclaje, que vendría a ser como un estacionamiento intergaláctico. Un antisocial aparca siempre en doble fila, y si es posible en una salida de emergencia. El límite estrellaría su coche contra el de la amante y el pasivo-agresivo procuraría ocupar tres plazas. El del narcisista no hace falta que se esfuerce mucho, es aquél tan lujoso que ve a lo lejos. El dependiente aparcaría en una zona concurrida, cerca de otros coches familiares. Si el coche está aparcado en medio de la acera y escucha una música estridente salir a borbotones desde las ventanas bajadas, ahí acaba de salir el histriónico, pero si quiere saber qué es un aparcamiento perfecto, a menos de treinta centímetros de la acera y alineado al de delante y al de atrás, atienda a cómo aparca el obsesivo. Si es usted un evitativo nos costará encontrar su coche, probablemente lo tenga en una esquina, semi-escondido.
Cuando usted sea capaz de reírse de su forma de aparcar el coche estará ya desprendiéndose de las ataduras, rígidas ataduras, del aparcamiento.