
Detrás del sillón de relax tengo una marmita con una pócima en permanente ebullición. Es lo suficientemente grande como para zambullir a un niño, pero desgraciadamente, a los adultos sólo les caben los pies. Hacia los cuatro años, alguien me agarró entre las axilas, me sacó del sitio confortable en el que braceaba pidiendo leche de vaca y me llevó a un lugar oscuro e incierto. Allí me metieron en una palangana de hojalata llena de un humeante y tibio líquido blanco. Años más tarde descubrí el nombre de aquel brebaje espeso: resiliencia.
Cuando saco a los niños de la marmita sé que sabrán enfrentarse a todas las vicisitudes que les espera en la vida, sin los colorantes artificiales que solemos añadir a los ya de por sí dolorosos trances. La pócima no previene el dolor, sólo hace efecto ante el sufrimiento, ese plus que le agregamos.
Un ejemplo habitual y ya varias veces comentado en estas líneas, hace referencia a ese malestar psicológico que acompaña a las sensaciones corporales de la ansiedad. “¿Por qué vuelve a pasarme?”, o también al sitio o sobre la persona que vierte sus enfados, o también cuando se exige –o exige- que las cosas sean como le gustaría que fueran, o cuando le pide a su pareja que deje de hacer algo porque sólo así se sentirá usted bien, o… para qué seguir.
Al escuchar a unos padres, tras darle al niño el paquete de chucherías justo antes de la hora de la comida, para evitar que monte una pataleta que ya anuncia con sus gritos, decir: “Es para que no sufra”, me entran ganas de decirle: “Será para que no sufra usted. Su hijo dentro de poco no me cabrá en la marmita.”
No logré averiguar quién fue aquella misteriosa druida que me trasladó hasta su marmita en medio de la noche, llorando por la pérdida de lo más valioso. Me desperté tres años más tarde, vestido con la indumentaria futbolística de la Unió Esportiva Sant Andreu y con las espinillas cosida a moretones. Ahora soy yo el que se dedica a mover la olla, a coger a niños sollozantes y sumergirlos en ese líquido carminativo. No se me ocurre qué otra cosa mejor podría estar haciendo.
Cuando saco a los niños de la marmita sé que sabrán enfrentarse a todas las vicisitudes que les espera en la vida, sin los colorantes artificiales que solemos añadir a los ya de por sí dolorosos trances. La pócima no previene el dolor, sólo hace efecto ante el sufrimiento, ese plus que le agregamos.
Un ejemplo habitual y ya varias veces comentado en estas líneas, hace referencia a ese malestar psicológico que acompaña a las sensaciones corporales de la ansiedad. “¿Por qué vuelve a pasarme?”, o también al sitio o sobre la persona que vierte sus enfados, o también cuando se exige –o exige- que las cosas sean como le gustaría que fueran, o cuando le pide a su pareja que deje de hacer algo porque sólo así se sentirá usted bien, o… para qué seguir.
Al escuchar a unos padres, tras darle al niño el paquete de chucherías justo antes de la hora de la comida, para evitar que monte una pataleta que ya anuncia con sus gritos, decir: “Es para que no sufra”, me entran ganas de decirle: “Será para que no sufra usted. Su hijo dentro de poco no me cabrá en la marmita.”
No logré averiguar quién fue aquella misteriosa druida que me trasladó hasta su marmita en medio de la noche, llorando por la pérdida de lo más valioso. Me desperté tres años más tarde, vestido con la indumentaria futbolística de la Unió Esportiva Sant Andreu y con las espinillas cosida a moretones. Ahora soy yo el que se dedica a mover la olla, a coger a niños sollozantes y sumergirlos en ese líquido carminativo. No se me ocurre qué otra cosa mejor podría estar haciendo.