

Una compañera de trabajo me contó que su madre, cuando veía en televisión hablar a personas de otros países en su idioma, solía santiguarse y decir: “¡¡Gracias, Dios mío, por darnos una lengua tan clara!!”.
Recordé esa historia mientras Pablo, un amigo al que no veía hace años, desgranaba su experiencia en el país al que se fue a trabajar, allá en el África subsahariana. Una democracia nueva, forjada sobre una larga dictadura salpicada de batallas y levantamientos tribales.
Dice mi amigo que existe una opresión silenciada y silenciosa, porque está basada en la idea de que esto es lo mejor que se puede tener. Los candidatos que salen elegidos van colocando en puestos de responsabilidad a todos aquellos que han mostrado lealtad suprema, por encima de que tengan o no capacidad suficiente para los cargos, con lo que se ha creado una especie de oligarquía de ignorantes y presuntuosos, que gestionan la economía y los recursos según sus intereses particulares, y que machacan –enfatiza Pablo- a todo aquel que ose enfrentársele.
Cambiaron las plantaciones de algodón por tierras subvencionadas de girasoles, que se recogen con una maquinaria que elimina de golpe toda la mano de obra anterior. Por lo que la falta de previsión y preparación ha llevado al país a unos niveles de desempleo desconocidos. Ahora, los fibrosos trabajadores se han convertido en tabernarios panzudos, que malviven con recursos sociales miserables, temerosos de que algún cambio político pueda implicar perder tales supuestas prebendas.
La ilusión inicial por el cambio ha dado paso al desencanto y finalmente, a la resignación. Una ola de nihilismo se extiende como una mancha espesa que va cubriendo al país. Nadie quiere implicarse. La política ya no se ve como una forma de trabajar para la colectividad, un puesto de prestigio y respeto, sino como una forma de conseguir beneficios particulares y partidistas. Esta actitud ha propiciado el arribismo de mediocres sin escrúpulos, cuyo único mérito es tener un carnet del partido en la cartera y haber hecho las suficientes genuflexiones como para que te sangren las rodillas.
La impunidad es casi total. Los casos de corrupción que llegan a los tribunales son siempre de hombres de paja, títeres a los que se les ha puesto en cargos intermedios para que asuman responsabilidades en caso de necesidad.
Nadie cree las consignas electorales, porque luego tienen poco que ver con lo que realmente se hace.
- El clientelismo, los enchufes, la prevaricación,… Un ambiente insufrible… - comenta Pablo- Y ahora llego aquí, y me encuentro con un montón de insurgentes protestando por cómo van las cosas. ¡Ya me gustaría a mí que se dieran una vuelta por allí!.
- Es verdad – le digo yo- tendríamos que dar las gracias a Dios por tener una democracia como la nuestra.
Apuramos la cerveza y nos fuimos a buscar la tienda de campaña y los sacos de dormir.
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