
Hace años coincidí en el espacio y en el tiempo con otras tres personas en una , llamémosla casa, durante cerca de un año. Podría decirse que la situación era similar a la de “A puerta cerrada”, de Sartre, o más recientemente, a la de Gran Hermano, pero a diferencia de esta última, el premio consistía simplemente en lograr salir, si era posible con vida y cuerdo.
El único y curioso elemento común era nuestro amor por la poesía. Nos sumergíamos en los versos para colorear la gris rutina cotidiana. Un día, casualmente, descubrimos que compartíamos esa afición y un poco más tarde, envalentonados por el dominio que manifestábamos de la materia, decidimos publicar un libro colectivo, convencidos de habernos inyectado en vena los suficientes sonetos como para poder plasmar cualquier anhelo con dos certeras pinceladas.
Yo sólo podía escribir poesía si estaba enamorado y no era correspondido, circunstancias ambas que concurrían a la sazón. A mis compañeros les bastaba con escuchar a J. Joplin o, simplemente, con ponerse a ello. Así pues nadie tenía obstáculo alguno para la labor propuesta.
Cada jueves debíamos hacer una puesta en común, pero cada lunes, para afilar nuestro ingenio, intercambiábamos libros. Entre un día y otro los leíamos, pero a mí, después de ver aquellos poemas comprendía que los míos no podían tener mejor fin que la papelera. Algo similar le sucedía a los demás. Cuanto más empeño poníamos en amueblarnos mutuamente las cabezas con poemas seleccionados, menos capacidad teníamos para la tarea.
Para debatir las causas y encontrar las soluciones, nos encerrábamos por las noches en el viejo y lóbrego archivo de legajos polvorientos, abríamos alguna botella de licor, a falta de absenta, y bebíamos para despejar incógnitas. Conforme se vaciaba la botella seguíamos sin encontrar motivo alguno para el “síndrome del estancamiento”, pero los poemas fluían con una facilidad pasmosa y a la postre, cuando el caudal de metáforas dejada de manar, rescatábamos aquellos poemas borrados del fondo de las papeleras, filtrados ahora por los piadosos 45º de alcohol del Cointreau, el Ristoff, o lo que cayera.
Una paciente me dijo hace poco que había llegado a la conclusión de que el mecanismo por el que mermaba su autoestima era "su manía" por fijarse en todas aquellas personas que hacían o se comportaban socialmente como a ella le gustaría hacerlo, luego se comparaba y se centraba en sus “limitaciones”. Antes de adentrarnos en la terapia le conté la historia anterior, en la que elegíamos entre “ser Rimbaud o no ser” y cómo ese planteamiento nos producía una desazón similar a la del infierno de “A puerta cerrada” . Mientras nos mantuvimos en el empeño no pudimos disfrutar plenamente de la camaradería y de los petit-fours que nos brindábamos, y dejar de utilizarlos como varas de medir nuestra capacidad para generar otros pastelitos sublimes como los que nos comíamos.
Yo le prometí rescatar un poema y ella rescatarse a sí misma.