
¿Se ha sentido alguna vez atrapado, sin posibilidad de cambiar nada?. Es como si la vida tuviera un guión en el que le hubiera asignado el papel de sufridor o sufridora. Muchas de las personas que acuden a la consulta están sometidas a situaciones inescapables. Están pilladas en una encrucijada, en una especie de punto sin retorno en el que hagan lo que hagan parece que van a perder. La capacidad para sobreponerse a estos episodios la llamamos resiliencia.
Podría hacer el siguiente experimento: dígale a alguien que extienda el brazo, que va a comprobar su resistencia. Vaya colocándole entonces peso encima poco a poco. Observe qué sucede. ¿Aguantará?
- Vamos a comprobar su resistencia. ¿Podría extender el brazo con la palma abierta hacia arriba, por favor?
La persona extiende el brazo complaciente, y yo comienzo a volcar encima, uno a uno, todos los manuales de Vicente Caballo, que están especialmente diseñados para que no los puedas leer en la cama, así como cualquier otro que tenga un grosor considerable. Conforme el montón va creciendo, el brazo sigue la lógica de la física y va bajando. Probablemente en ese momento no sepan muy bien en qué consiste el “juego”, pero por alguna razón siguen aguantando y aguantando, como si en el precio de la consulta hubiera una cláusula que obligara a ello. El brazo comienza a temblar y no sin cierta sensación de apuro, la persona “se rinde” y deja que su brazo se aplaste sobre la mesa. Podrían haber parado antes: “Esto pesa demasiado, dígame para qué sirve ”. Pero no. Sólo se rindieron cuando su brazo claudicó. Sólo se rindió cuando no fue capaz de levantarse de la cama, cuando la ansiedad no la dejaba salir de casa, cuando las disputas se sucedían en escaladas cada vez más violentas, cuando… cuando ya las consecuencias eran así de evidentes, como el peso sin sentido de estos libros sobre el brazo .
- Ahora vamos a hacerlo al revés. Usted coloca los libros sobre mi brazo extendido.
“¡Qué psicólogo más solidario!”, pensarán.
Voy echando un vistazo a los libros que me va colocando. “Ah, no, este no me gusta” – lo aparto. “Bueno, este me gusta pero no estoy dispuesto a soportarlo ahora. ¡Fuera!”. Lo vuelvo a apartar, y así me quedo sólo con uno o dos, el resto los coloco encima de la mesa.
- ¡¡Aaaah, eso no vale!.
¿No vale? El estoicismo lo reservo para lo que no tiene solución. Para el resto, actúo.
¿Cuántos libros puede usted cargar sin rechistar? ¿Cuántos son estrictamente necesarios? ¿Quién le dijo que tenía que aguantarlos? .
Si no es capaz de dar ese primer paso, quitar ese primer libro, será difícil que se embarque en tareas más gratificantes, como beber el sol de otoño en una terraza leyendo las prisas ajenas o planear una mousse de chocolate con espuma de coco mientras se arrellana en el sofá para ver la sexta (buenísima) temporada de House.
En “Un toque de infidelidad”, el padre le dice a Larry (Ted Danson) : “…de ti depende hijo mío, que tu vida sea caca de pollo o ensalada de pollo”. Luego vemos al actor junto a Isabella Rossellini montados en una moto demodé, dejando atrás los residuos de pollo. Te entran ganas de escaparte, porque siempre tienes algo de lo que escaparte. Y una vez que el romanticismo te permite volver a comer gusanitos, te das cuenta, felizmente, de que todo tiene sentido.
Las personas se van de la consulta con su brazo dolorido. Uno quiere creer que empezarán a desmontar todos aquellos libros que son una carga innecesaria. Luego, otro día, vuelven y entonces empezamos a hablar sobre cómo llenar ese nuevo e inexplorado espacio, y entonces siempre, siempre, recuerdo aquella reseña literaria sobre “Juegos de la edad tardía”: “… cómo envidio a todo aquel que no le ha hincado el diente aún”