
No soy una persona completa los lunes. Aún quedan restos de mí esparcidos por el fin de semana que luchan por no incorporarse a la rutina.
Durante los tres días anteriores me dedico a la desestructuración, algo así como la cocina molecular del alma. Voy de actividad en actividad hilvanando una colcha de pachwork. En la consulta miro a los niños hiperactivos, una vez que empiezan a tener dominio del territorio, buscar entre las bolsas y cajas de juguetes supuestamente ocultas detrás del diván. Les veo cara de viernes. Luego, cuando van pasando de la bolsa de títeres a la caja de magia y de ahí a pesarse en la báscula y tirarse al suelo con los puzzles, están ya en proceso de desestructuración.
Mi córtex prefrontal, al igual que el de estos niños, es como una comuna. Siempre he soñado con compartir espacio físico, ideario y comida con otros y otras vestido con pantalones con margaritas y escuchando a Hendrix tumbado sobre la hierba. No sé si eso me ha traído como consecuencia esta anarquía cerebral o si ha sido al revés.
El córtex prefrontal es la parte yuppie del cerebro. Algo así como la zona de mando, allá arriba, debajo de la calva prominente. Una habitación llena de ejecutivos engominados con cartera de cuero y pulserita del color que más se lleve, dedicados a planificarte la vida, a decidir cuándo, a qué y a qué no, tenemos que prestar atención, cómo hay que programar nuestro dinero para que nos dure hasta fin de mes, y esas otras cosas que, según la versión oficial, deberían contribuir a hacernos tener una vida más controlable.
Igual que los yuppies rocieros suelen apreciar la gomina, a esta plebe le encanta la dopamina, un neurotransmisor encargado entre otras muchas cosas de transportar la información entre esta zona y el sistema límbico, que para que nos aclaremos, viene a ser el hedonista de la casa o bien, -por fortuna para los psicólogos-, a veces, la sufridora compulsiva, un volcán de emociones dispuesto siempre a dejar bloqueado el espacio aéreo de la eurocorteza.
Posiblemente, una de las funciones que más me gusta de la dopamina sea su habilidad para hacerte sentir bien. Con la adrenalina y la serotonina forman un trío de cantantes ideal para hacerte pasar una jornada de twist emocional. Si usted se fuma un cigarrito bien cargado de nicotina es como si estuviera apretando un botón para soltar dopamina en su cerebro, un micro orgasmo que a lo que se ve tiene que enganchar mucho. Afortunadamente, al menos para mí, no es la única forma de onanismo mental.
El viernes por la tarde comienzo a hacerme unos liadillos de dopamina y paso todo el fin de semana drogándome. Cuando estoy tumbado en el mar, flotando y mirando a las gaviotas mezclarse con las nubes, pienso en lo fácil que nos resulta a los que tenemos un croquis defectuoso del prefrontal fabricar promesas mentales y entonces, mientras me pregunto por qué no me compro un aparatito para estimular el lóbulo de marras y que mis pacientes salgan cantando: "Paz y amor, paz y amoooor", en lugar de empeñarme en arreglar mentes divergentes, me doy cuenta de que se me ha olvidado la toalla en casa.