
La idea de que los síntomas “neuróticos” que experimentamos son una
muestra de conflictos internos más profundos sigue teniendo gran predicamento
en el imaginario popular respecto a la psicología. Buena parte de las personas
que acuden a la consulta intentan aclarar esa relación que no son capaces de descifrar, labor para la
que acude al psicólogo. A mí,
particularmente, se me da bien resolver enigmas, no ya tanto porque fuese parte
integrante de la formación psicológica –que no lo es- , como porque soy un
amante del cine negro y me cuesta poco vestirme de Marlowe. El cuerpo me pide
entrar en el juego e intentar sacar a la superficie los traumas infantiles
mediante largas sesiones de diván, pero me contengo. Tiene que ser por tener
tan desgraciadamente desarrollado el superyó.
La forma en que la psicología se coló en nuestras vidas está más ligada a la visión del diván y la asociación libre, propia del psicoanálisis más ortodoxo, poco usado en la actualidad, que a lo que realmente hacemos en las consultas, pero sigue teniendo un peso importante, no porque se haya escuchado o leído sobre el tema tanto como porque las imágenes calan de forma más profunda que cualquier discurso verbal.
En el primer año de carrera me leí buena parte de la obra de
Freud publicada en edición de bolsillo por Alianza Editorial. Sólo recuerdo
divertirme con “Psicopatología de la vida cotidiana”, un manual que explicaba traduce como síntomas determinados gestos cotidianos de nuestra vida, como por ejemplo, los
lapsus, los olvidos,… tropezarse con la esquina de un mueble en tu casa o estar
sacándose y metiéndose continuamente el anillo de casado en el dedo (conflicto
de pareja a las puertas). Me resultó igual de útil que la lectura de la
línea de las manos como tema de conversación para intentar ligar y aunque
tienen la misma base científica –no hace falta que le diga cuál- debo confesar
que me funcionaron afortunadamente mucho mejor que hablar de Sartre o Camus,
que eran por aquel entonces mis lecturas obsesivas -aparte del Interviú, naturalmente. Por ello, estoy en deuda
con la psicología de las pulsiones y algunas veces, en conversaciones de bar,
especialmente si me cuesta articular el discurso por el efecto de la cerveza sin alcohol, me dejo llevar por el
psicoanálisis, que es probablemente la mejor de las terapias de barra de bar,
bodas y bautizos que me he encontrado a lo largo de todos estos años.
Si lo pienso, no sé cómo no me convertí en psicoanalista
teniendo en cuenta que he estado preso de las pulsiones –más de la sexual que la de la muerte, tengo que
confesarlo- prácticamente toda mi vida, con el pensamiento invadido
continuamente por las macrotetas de la estanquera de Amarcord de Fellini: mi cerebro
preadolescente, adolescente y postadolescente en lugar de dos hemisferios
divididos por una cisura, consistíó hasta una edad tardía que no cito, en dos tetas divididas por un canalillo. La
reflexión, la edad, el maldito superyó, la cocina y las setas (¿serán las setas una sublimación de las tetas?), han conseguido
diversificar mi pensamiento y ahora gano enormes cantidades de karma, que me
acercan plácidamente al nirvana, ese espacio del postdeseo y postsufrimiento que tiene tan buena prensa.
Pero como en tantas cosas en la vida, tuve que elegir entre la ciencia y lo que me pedía el
cuerpo. Seguramente me asaltaron dudas
semejantes a las de Melanie Klein, una seguidora de Freud, que en lugar de investigar al niño desde el
adulto tumbado en el diván, se puso a trabajar directamente con ellos. Su
teoría del “pecho bueno” (el que te
llena de satisfacción) versus “pecho malo” (el que no está cuando lo necesitas)
me resultaba interesante y estuvieron a punto de agregarme a la secta, pero el
materialismo dialéctico ya me había reclutado por aquel entonces y lo que más
se acercaba a esta visión del mundo dentro de la psicología era el conductismo
radical.
Bien, seguramente a usted buena parte de estos términos le sonarán
a chino, pero los apunto con el sano intento de mostrar que hay distintas
formas de acercarse a la psicología, tanto por parte de los usuarios, como por
parte de los profesionales, y que si usted va a un psicólogo con la intención de que hurgue en su pasado
para poder comprender lo que le ocurre en el presente, sin saber qué tipo de
orientación tiene, puede llevarse la misma sorpresa que si entra en una
farmacia a por tornillos.
Es absurdo negar que nuestra infancia nos marca, como ya he
dicho, es más, si yo hubiera descubierto antes las tetas en directo que a
través del LIB, ahora no sería un pre-viejo-verde, sino un señor escoliótico y
romántico con canas, pero al romanticismo llegué tarde. Sí, la infancia
influye, marca, aún más si has sufrido un trauma terrible que te hace dudar
sobre el orden natural de las cosas, pero el malestar lo vive ahora, bien
porque el recuerdo de aquello lo trastorna; bien porque adoptó una serie de
conductas que han sido disfuncionales y han acabado por traerle problemas de
distinto tipo.
Podría decirse, recordando una de esas historias al uso, que
sería como si el elefante fuera al psicólogo quejándose de que la cuerda a la
que lo ató su amo en la infancia le impide realizarse, ser libre. Ese
impedimento es más mental que real; bastaría con que diera un tirón, pero el paquidermo sigue empeñado en librarse de una cuerda que ya no existe, en lugar de poner todo su empeño en la que tiene al alcance de la mano, perdón, de las pezuñas.
Claro, me dirá usted, puedo disfrutar del presente, pero el
pasado siempre está ahí, acechante, recordándome lo que ocurrió. Sí. Es lo que
tiene el pegamento emocional de la memoria. O bien, que sigue haciendo su labor sorda de
desgaste sin que sea capaz de traerlo a la consciencia.
Una paciente me comentaba que su familia estaba muy
extrañada con su comportamiento reciente y que, aconsejada por ellos, quería volver a ser la persona
previa a ese cambio. Una especie de: “Vengo a que me resetee a un estado
anterior”. Esta mujer tenía la medalla nacional-familiar que se le da a las “niñas
buenas y obedientes”. Había sido tan premiada en su infancia que tuvo que arrastrar durante años con el rol de
sumisa y un día, gracias al estrés de roles femenino, su paciencia estalló y empezó a gritar contra
las injusticias cotidianas de cada casa, la tiranía de hijos, padres y esposo,
y toda su familia empezó a decirle que fuera al psicólogo (se agradece el
detalle), porque le estaba ocurriendo algo. Es muy probable que esa familia no
vuelva a derivar a nadie más al psicólogo, vistos los resultados posteriores.
Concluyo: el pasado es la leche, pero es el pasado.
Concluyo de verdad: Ahora sabe lo que quiere, cómo le gustan
las relaciones, las personas, el café y las posiciones de lo que quiera
imaginarse; las miles de cosas intangibles que le pueden permitir
disfrutar porque no son tan perecederas
como los objetos obsolescentes de los que nos rodeamos… Simplemente, hágalo.