
Un amigo suele decirme: “Dios cura y tú cobras la minuta”. Se ve que lo leyó alguna vez y le hizo mucha gracia y como tiene mala memoria me lo repite con insistente asiduidad.
No es que uno no se encomiende a Dios ante algunos casos implorando que le acuda rápido una solución a la cabeza, pero claro, tener a Dios y a tus pacientes dando vuelta por las neuronas al mismo tiempo no parece lo más aconsejable durante una sesión.
No, nunca llegué a incorporar a Dios a la plantilla, pero sí a otro factor común que viene a tener el mismo poder ubicuo que Él.
En su libro “Las capacidades de la familia. Tiempo, caos y proceso”, Ausloos comenta que al cambiar de consulta y tener que atender a muchos más pacientes se vio en la obligación de pasar de citas semanales a citas quincenales. Estaba preocupado porque la sobrecarga le impedía atender a sus pacientes tal y como lo había hecho hasta entonces, teniendo en cuenta además, que es lo que aconsejan los manuales al uso para un buen número de trastornos.
Para su sorpresa, el resultado fue muy similar, no había diferencias significativas, a pesar de la disminución del número de citas.
Algunos pacientes me piden que les de más tiempo y a otros les aterra tener dos o tres semanas por delante sin apoyo terapéutico. El tiempo como aliado o el tiempo como enemigo. En realidad, de lo único que se trata es de qué hago durante. Cuando el paciente entiende que la solución está en la consulta, el transcurrir de las horas le resultará amenazador porque no sabrá cómo manejar lo que le pudiera ocurrir, o más bien, porque cree que tiene que hacer algo con lo que le ocurra. Ignora, probablemente porque no conoce a mi amigo, que en realidad basta con encomendarse al Grandísimo y pagarme a mí.
Mi amigo no confía en la medicina ni en la psicología, ni siquiera en Diós, pero sí en el efecto que tiene el tiempo sobre toda célula que se mueva en alguna dirección. Ahí tiene una certeza científica irrefutable: “Algo pasará”, sentencia.
Dice que sus momentos de felicidad y de recuperación de la misma están más relacionados con la dolce far niente que con cualquier otra receta. En el fondo es un nihilista egodistónico, pero no dejo de reconocer que el respiro que te da el tiempo, cuando estás perdido entre la maraña sintomatológica de la familia que tienes enfrente produce un honda sensación de alivio.
No es que uno no se encomiende a Dios ante algunos casos implorando que le acuda rápido una solución a la cabeza, pero claro, tener a Dios y a tus pacientes dando vuelta por las neuronas al mismo tiempo no parece lo más aconsejable durante una sesión.
No, nunca llegué a incorporar a Dios a la plantilla, pero sí a otro factor común que viene a tener el mismo poder ubicuo que Él.
En su libro “Las capacidades de la familia. Tiempo, caos y proceso”, Ausloos comenta que al cambiar de consulta y tener que atender a muchos más pacientes se vio en la obligación de pasar de citas semanales a citas quincenales. Estaba preocupado porque la sobrecarga le impedía atender a sus pacientes tal y como lo había hecho hasta entonces, teniendo en cuenta además, que es lo que aconsejan los manuales al uso para un buen número de trastornos.
Para su sorpresa, el resultado fue muy similar, no había diferencias significativas, a pesar de la disminución del número de citas.
Algunos pacientes me piden que les de más tiempo y a otros les aterra tener dos o tres semanas por delante sin apoyo terapéutico. El tiempo como aliado o el tiempo como enemigo. En realidad, de lo único que se trata es de qué hago durante. Cuando el paciente entiende que la solución está en la consulta, el transcurrir de las horas le resultará amenazador porque no sabrá cómo manejar lo que le pudiera ocurrir, o más bien, porque cree que tiene que hacer algo con lo que le ocurra. Ignora, probablemente porque no conoce a mi amigo, que en realidad basta con encomendarse al Grandísimo y pagarme a mí.
Mi amigo no confía en la medicina ni en la psicología, ni siquiera en Diós, pero sí en el efecto que tiene el tiempo sobre toda célula que se mueva en alguna dirección. Ahí tiene una certeza científica irrefutable: “Algo pasará”, sentencia.
Dice que sus momentos de felicidad y de recuperación de la misma están más relacionados con la dolce far niente que con cualquier otra receta. En el fondo es un nihilista egodistónico, pero no dejo de reconocer que el respiro que te da el tiempo, cuando estás perdido entre la maraña sintomatológica de la familia que tienes enfrente produce un honda sensación de alivio.


