
De las muchas cosas que nos ocurren a lo largo del día, del continuo caudal de pensamientos que nos asaltan, sólo unos pocos tienen el privilegio de pasar a la Gran Caja, uno de esos baúles mnésicos que permiten que determinados hechos o pensamientos perduren más allá del tiempo que están presentes. Me gusta mucho la fotografía. Actualmente, gracias al formato digital, hago fotos sin la preocupación que te daba el antiguo carrete, pero luego tengo que dedicar determinado tiempo a la revisión de fotografías, la mayoría de las cuales tienen poco valor. Igual sucede con la memoria. Van pasando las cosas, las atendemos lo estrictamente necesario y ¡a la siguiente! Si veo una fotografía que me gusta y quiero volver a ella, la marco, le pongo un simbolito o un descriptor que me facilite luego la recuperación. En el caso de la memoria, ese papel de marcador lo desempeñan las emociones.
“Aquello me dejó marcado”, podría traducirse por: “Cuando sucedió aquello, -la inmensa alegría (cóctel de endorfinas, serotoninas, adrenalinas y otras inas) -, detuve la imagen mientras la sellaba a sangre y fuego, para que en las noches de frío pudiera calentarme al recuerdo de lo sucedido, o bien, para que en los días tristes pudiera incrementar mi aflicción, comparando el opaco presente con aquel resplandeciente momento de plenitud”
“¿Por qué se encuentra así?”. Básicamente recibo dos tipos de respuestas ante esta pregunta inicial:
a. Por lo que me han hecho
b. Por lo que me hago
A las personas les cuesta más trabajo librarse de lo que les ocurre cuando están en el segundo grupo. Pertenecer al primero no atenta contra su integridad moral o intelectual, no dice nada negativo de sí mismo necesariamente. En cambio, ser un forofo del equipo de los autoinmolados produce una profunda desazón. “¿Por qué no puedo olvidar?”, “¿Por qué no estudio?”, “¿Por qué no consigo lo que me propongo?”,.. “Será que soy así”, concluyen, bajando los brazos en señal de entrega.
Estos autoanálisis están teñidos del azuloscurocasinegro de un determinado tipo de emociones. No es usted, es esa miríada de particulitas que fluyen ataviados de tristeza.
Vayamos a un alejado territorio para volver luego a casa: cuando intentamos corregir problemas de escritura que ya tienen su correspondiente engrama en el cerebro, no trabajamos afanados en que “lo haga bien, ¡de una vez!”, simplemente le enseñamos otro tipo de letra, otra forma de escribirlas diferente a la anterior, con el fin de que se cree una huella diferente y adecuada.
Ya estamos aquí de nuevo. Probablemente esta persona (del grupo B) está trazando recurrentemente el mismo episodio atormentador, como si no pudiera hacer otra cosa. Intenta escribirlo cien veces a ver si sirve de algo, pero a cada intento la huella se hace más profunda. Cada día necesita menos esfuerzo para volver al malestar. Sísifo, ya digo.
Como alternativa podría dedicarse a construir un nuevo hogar. Bien es cierto que la tristeza del hundimiento del anterior lo acompañará durante el proceso creativo y más allá, pero cuando acabe podrá, al menos, guarecerse del frío.
En su Gran Caja hay recuerdos y vivencias coloreadas desde el negro profundo hasta el alegría radiante: dróguese por la vía adecuada. Como sabrá, nuestro cerebro está cruzado de carreteras, entre ellas está el circuito del placer (qué bien suena). En ese camino se mete una droga y le proporciona un gran gustirrinín. Luego el guarda le pide más, porque la experiencia le gustó, y usted, que es blandengue como yo, cede sin más. Esos caminos mentales también existen para el lado oscuro, proporcionando una especie de gustito masoca, pero gustito, al fin y al cabo. Es como si la emoción que te atrapa no quisiera abandonarte, como ese sopor que te seduce en el sofá tras la comida y al que te entregas sin remilgos. Suena algo: un despertador, un insulto en el tvtomate, tu esposa diciéndote que se va o que llega. Algo externo corta el proceso. Aunque renqueante aún, mientras el ejército vuelve desde el estómago al cerebro, usted se va incorporando a la vida de los despiertos con obligaciones. No es lo que más le apetece, pero lo hace sin más. Pincha en la cabeza la pista 10: Dee do de de dee do de deeeee. Freddddyyyy…. Una de esas cosas que quedan.
“Aquello me dejó marcado”, podría traducirse por: “Cuando sucedió aquello, -la inmensa alegría (cóctel de endorfinas, serotoninas, adrenalinas y otras inas) -, detuve la imagen mientras la sellaba a sangre y fuego, para que en las noches de frío pudiera calentarme al recuerdo de lo sucedido, o bien, para que en los días tristes pudiera incrementar mi aflicción, comparando el opaco presente con aquel resplandeciente momento de plenitud”
“¿Por qué se encuentra así?”. Básicamente recibo dos tipos de respuestas ante esta pregunta inicial:
a. Por lo que me han hecho
b. Por lo que me hago
A las personas les cuesta más trabajo librarse de lo que les ocurre cuando están en el segundo grupo. Pertenecer al primero no atenta contra su integridad moral o intelectual, no dice nada negativo de sí mismo necesariamente. En cambio, ser un forofo del equipo de los autoinmolados produce una profunda desazón. “¿Por qué no puedo olvidar?”, “¿Por qué no estudio?”, “¿Por qué no consigo lo que me propongo?”,.. “Será que soy así”, concluyen, bajando los brazos en señal de entrega.
Estos autoanálisis están teñidos del azuloscurocasinegro de un determinado tipo de emociones. No es usted, es esa miríada de particulitas que fluyen ataviados de tristeza.
Vayamos a un alejado territorio para volver luego a casa: cuando intentamos corregir problemas de escritura que ya tienen su correspondiente engrama en el cerebro, no trabajamos afanados en que “lo haga bien, ¡de una vez!”, simplemente le enseñamos otro tipo de letra, otra forma de escribirlas diferente a la anterior, con el fin de que se cree una huella diferente y adecuada.
Ya estamos aquí de nuevo. Probablemente esta persona (del grupo B) está trazando recurrentemente el mismo episodio atormentador, como si no pudiera hacer otra cosa. Intenta escribirlo cien veces a ver si sirve de algo, pero a cada intento la huella se hace más profunda. Cada día necesita menos esfuerzo para volver al malestar. Sísifo, ya digo.
Como alternativa podría dedicarse a construir un nuevo hogar. Bien es cierto que la tristeza del hundimiento del anterior lo acompañará durante el proceso creativo y más allá, pero cuando acabe podrá, al menos, guarecerse del frío.
En su Gran Caja hay recuerdos y vivencias coloreadas desde el negro profundo hasta el alegría radiante: dróguese por la vía adecuada. Como sabrá, nuestro cerebro está cruzado de carreteras, entre ellas está el circuito del placer (qué bien suena). En ese camino se mete una droga y le proporciona un gran gustirrinín. Luego el guarda le pide más, porque la experiencia le gustó, y usted, que es blandengue como yo, cede sin más. Esos caminos mentales también existen para el lado oscuro, proporcionando una especie de gustito masoca, pero gustito, al fin y al cabo. Es como si la emoción que te atrapa no quisiera abandonarte, como ese sopor que te seduce en el sofá tras la comida y al que te entregas sin remilgos. Suena algo: un despertador, un insulto en el tvtomate, tu esposa diciéndote que se va o que llega. Algo externo corta el proceso. Aunque renqueante aún, mientras el ejército vuelve desde el estómago al cerebro, usted se va incorporando a la vida de los despiertos con obligaciones. No es lo que más le apetece, pero lo hace sin más. Pincha en la cabeza la pista 10: Dee do de de dee do de deeeee. Freddddyyyy…. Una de esas cosas que quedan.