Acabo de salir de
la librería. Estaba buscando un libro y he acabado comprando otro y anotando
varios para encargárselo a todos los Reyes Magos que me pidan listado. Siempre
salgo ilusionado de las librerías, casi con la misma ilusión con la que entro,
pero en esta ocasión la alegría de ir hojeando el libro recién comprado ha
durado escasamente unos minutos, el tiempo de encontrarme con unos compañeros e
intercambiar unas palabras sobre el estado de las cosas.
Es difícil
sustraerse, robarse a sí mismo un espacio para divagar sobre aquello que antes
nos movía en nuestra vida cotidiana. Si la indignación fuera energía estaríamos
autoabastecidos durante años. La gente pasea por las calles y los ves con cara
de gasto navideño, pero luego, en cuanto te detienes y hablas con ellos, surge
el malestar. Un malestar que lo invade todo, que te agota, como agota correr
para salvarte sin saber cuál es la
dirección correcta.
Les reconozco el
mérito de canalizar el descontento en conversaciones frente a las librerías o
en cualquier otro contexto, de que las acciones de protesta estén diseminadas
por el vasto territorio de los recortes y las injusticias decretadas, de
comentar las barbaridades que ventean sus voceros o de, finalmente, conseguir que
buena parte de la población se atrinchere al calor de la ignorancia elegida.
Tengo que darle la
razón a Susan George cuando dice que están experimentando con nosotros, que
están comprobando cuánto somos capaces de tolerar sin rebelarnos. Igual que en
otro tiempo experimentaron con los chilenos o con los turcos las medidas neoliberales
imperantes actualmente.
Siendo un
adolescente asistí a una conferencia que organizaba un determinado movimiento
social. La impartía un arquitecto y versaba sobre el Polo Químico de Huelva.
Recuerdo el comienzo de la misma:
- El Polo está en
un sitio inmejorable; por un lado la ría
para los vertidos líquidos y por otro la marisma, para los sólidos. Lo
único que estorba es la ciudad.
El enclave era
perfecto. Se había pensado en otros, pero tenían el serio inconveniente de la
contestación social. El nuestro no sólo contaba con un paraje idílico para
destruirlo, sino que, además, no había una tradición de lucha que pudiera poner
en peligro el proyecto. Incluso cuando muchos años más tarde las
investigaciones comenzaron a mostrar la verdadera naturaleza contaminante y la
incidencia de cáncer y enfermedades respiratorias y de la piel, la movilización
social apenas tuvo incidencia alguna que pudiera cuestionar el asentamiento.
Si se da un paseo
hoy por allí podrá ver a los niños jugando en viviendas adosadas con piscina,
construidas a pocos metros de enormes balsas de fosfoyesos contaminantes.
He de reconocer
que llega un momento en el que te cansa luchar contra todo esto. No es contra
los que adoptan las medidas, es luchar contra el consentimiento, contra esa
impotencia conforme lo que acaba abrumándote.
Observas que
cuanto más se recrudece el paisaje, más prevalecen los discursos apoyados en
atribuciones externas que permiten salvar las posturas derrotistas que se
adoptan. Si todo está podrido, si todos son iguales, evidentemente yo, humilde
hijo de mis padres, no podré hacer nada. El nihilismo es el ismo de más fácil
digestión.
Sí, les reconozco
la labor. Tiene mérito. A mí me gustaría que igual que ellos organizan la
violencia diaria, la nuestra también tuviera objetivos concretos, que también
estuviera mediada por la elaboración más que por el cabreo. Incluso Gandhi, paradigma
del pacifismo, organizó un tipo de violencia
imparable: la destrucción de la legitimidad de la ocupación, la desobediencia civil, el
apropiamiento de los recursos propios desposeídos por los británicos como por
ejemplo, la sal,..
Nuestra sal es la
deuda. El pago de la deuda es el elemento que justifica todas las medidas. Es
un mito que se basa en otro que tiene de trasfondo la honorabilidad, pero que
en realidad habla de realidades diferentes. En nuestro imaginario colectivo,
pagar una deuda es una cuestión de honor. Si se utiliza la misma terminología,
se activarán los mismos recursos cognitivos, las mismas emociones y el mismo
compromiso. Es necesario que todas las reivindicaciones parciales compartan
esta reivindicación central: no debemos, no pagamos. Tenemos que conseguir que
la deuda basada en la especulación, esa que conduce al suicidio y a la miseria
a millones de personas, sea declarada deuda odiosa.
Si ese es el
elemento sustentador, ese debe ser el objetivo de nuestra acción colectiva.
